Conversaciones desde el campus


“Las personas más conservadoras no piden respeto a sus ideas, piden que se transformen en ley”

Incómoda, sin pelos en la lengua y con una pizca de irreverencia mediática. La magister en bioética Gabriela Arguedas podría verse como una suerte de Mafalda seis punto cero, una mujer contemporánea capaz de interpelar a las audiencias con temas tan espinosos y fundamentales como la violencia obstétrica, el aborto y las comunidades queer.

Gabriela tiene un doctorado en Farmacia, pero desde hace una década se especializa en temas relacionados con el feminismo, la filosofía de la medicina y los derechos humanos.

Profesora en la Escuela de Filosofía y activista de dos mundos que, al final, confluyen en uno (el humano), es frecuente verla argumentar con vehemencia tanto en redes sociales como en aulas, foros, congresos y en cuanto espacio público le ofrezca un auditorio para expresar y debatir sus conocimientos y opiniones.

Crítica acérrima del modelo de familia patriarcal  –al que señala como uno de los mayores generadores de violencia- define el femicidio como una forma extrema de castigo, producto de relaciones desiguales de poder, basadas en el género, y en la cual el asesino reclama su derecho de propiedad sobre el cuerpo femenino.

Arguedas desconfía de los diálogos de sordos que proliferan en el país sobre  temas polémicos de derechos humanos y asegura que hoy en Costa Rica y otras partes del mundo los sectores más conservadores de la sociedad no están pidiendo respeto a sus ideas, sino que piden (y exigen) que sus ideas morales y religiosas se transformen en ley para el resto de la gente.

A continuación un extracto de esta interesante conversación en el campus.

Vivimos en un mundo violento que nos afecta a todos pero, tradicionalmente, niños y mujeres están en mayor desventaja. ¿Qué es lo específico de la violencia contra las mujeres? ¿Qué la diferencia de otro tipo de violencia?

En el contexto de sociedades patriarcales -que se organizan jerárquicamente con base en el género, que le dan un lugar de privilegio o de autoridad a lo masculino y colocan a lo femenino en situación de subalternidad- la violencia contra las mujeres es un instrumento de ejercicio de control y de poder. Eso lo diferencia de otras formas de violencia. Hay violencia entre hombres -de hecho mucha y con gran ensañamiento- pero que tiene otros propósitos políticos y que responde a otros objetivos dentro de cómo se organiza esa sociedad. La violencia contra las mujeres, en el contexto de sociedades como la que indico, busca mantener esa relación de subalternidad, de que lo femenino esté supeditado a la autoridad masculina. Por eso hay violencia contra las mujeres; pero luego, por ejemplo, la violencia contra ciertos cuerpos que no se interpretaban como mujeres sino como hombres pero que están ejerciendo rol femenino, también van a ser violentados como son violentadas las mujeres.  Voy a poner un ejemplo,  la violencia contra las mujeres trans o hacia las personas travestis, tiene que ver con este orden de género.

Una violencia que no tiene solo una expresión física…

-Física que podemos entender como golpear o agarrar a manotazos, la física sexual que es el abuso sexual o la violación, y está también la violencia emocional o psicológica. Hay otras corrientes teóricas que hablan de una violencia moral que pasa más desapercibida o que está más naturalizada. Hay también violencia patrimonial que es una forma de ejercer control y poder.

Pero, su enfoque no trata de un plan de “los hombres” para conquistar al mundo. Como hombre uno lo vive más como que es parte de un engranaje que excede a cada hombre individualmente.

-Eso es muy importante. Para alguna gente esto se resume a decir que “como los hombres tienen mucha testosterona entonces son violentos y les pegan a mujeres”. Es un problema químico. En mi óptica particular-y en esto puede haber debate entre feministas- por supuesto que el cuerpo es una realidad material y es muy interesante escuchar las experiencias que tienen hombres trans -personas que nacieron cromosómicamente como mujeres y que transicionan a una identidad de hombre- que están  usando testosterona y que reconocen que hay un cambio porque ese cuerpo no estaba  acostumbrado a esa concentración de testosterona circulando y hay un cambio de cómo manejan las emociones.

Pero, si fuera cierto que solamente depende de las hormonas, veríamos patrones de ejercicio de violencia mucho más uniformes. Por eso no es válido decir que todos los hombres son agresores o que todos los hombres tienen un plan para dominar a las mujeres, y eso tampoco explicaría por qué hay mujeres que sí se autorizan para  ejercer violencia.  El problema es complejo e histórico y no es generalizable.

Hay sociedades que tienen un ordenamiento jerárquico patriarcal pero que expresan patrones de violencia muy distintos o menores a otras sociedades también de organización patriarcal donde la violencia es brutal. Hay distinciones.

El modelo hegemónico de masculinidad es un modelo de dominio sobre otros. En la sociedad grecorromana eso correspondía a la figura del pater familias que es no solo la cabeza de la familia sino también la cabeza de la noción de ciudadanía. El pater familias es dueño de la esposa, los hijos, los esclavos, animales que hay en su propiedad, y tiene poder para dar o quitar la vida. Entonces viene resonando ese modelo de dominio desde el origen de la sociedad occidental y se va mezclando con otras formas de relaciones de poder que tienen que ver con la economía, concentración de recursos, y otros. Es una forma de programación para repetir esos patrones.

¿En este momento hay una explosión de variedades sexuales y de singularidades que afloran? 

-Eso es fascinante, el mundo de la sexualidad sexogenérica. Lo que yo podría decir es que esa diversidad es humana y en todo caso es biológica. Las diversas expresiones eróticas, afectivas y sexuales recorren toda la biología, todas las especies animales y vegetales.

Por ejemplo, los bonobos -primates primos hermanos nuestros- son muy interesantes. Cuando hay conflicto de grupo usualmente recurren a tener relaciones sexuales para bajar el nivel de la tensión política. Pero ahí puede tener sexo una hembra con una hembra, una hembra con un macho, un macho con un macho, o varios juntos.

En los ochentas los medios comenzaron a hablar de comunidad gay, luego se usó colectivo LGTB, luego LGTBI y luego LGTBIQ, la sigla  es cada vez más larga…

-Una amiga gringa dijo que ya lo que faltaba era ponerle emoticones a las siglas.

¿Por dónde va la clasificación? (Ya me perdí)

-Yo ni sé. Hay gays, lesbianas, bisexuales, trans, queers, y otros. Ahora, estos son  movimientos históricos sociales y no tienen que ver con algo que sea natural. Todo esto son construcciones sociales. No podemos esencializarlo.

No están surgiendo nuevas formas de sexualidad sino que estamos nombrándolas de una manera diferente…

-Primero, estas comunidades al hacerse visibles y nombrarse a sí mismas, están obligando a los demás a reconocerlas y a nombrarlas también. A lo interno de estas comunidades también hay relaciones de poder, divisiones y tal. Esto es un mundo en sí mismo. ¿Por qué usamos el término gay? Algunos movimientos consideran que es colonialista.

Una forma particular de violencia contra las mujeres es la violencia sexual y sentimental. Todos los días leemos noticias sobre un hombre que asesinó a su pareja y que luego se quiso matar. ¿Qué pasa con esta gente? ¿Qué están expresando estos crímenes?

-El femicidio es la forma más extrema de violencia machista o misógina. Un femicidio lo que nos dice es que hay una relación desigual de poder basada en el género, en donde quien asesina o intenta asesinar, está reclamando derechos de propiedad sobre el otro cuerpo. Es una forma de castigo. Cuando llega a ese extremo es una forma de castigo: no me hiciste caso, no accediste a algo que yo te demandé, desobedeciste, trataste de comportarte como si fueras un sujeto libre.

En Costa Rica mueren por femicidio 0.6 mujeres cada 100 mil y en Honduras trece cada 100 mil ¿Por qué en algunos países se dispara el número?

Todavía eso sigue siendo un problema difícil de explicar pero sí hay correlaciones con el grado de permisividad cultural al trato misógino y al sexismo. España es una sociedad altamente sexista, igual lo es Guatemala. Lo que podríamos decir a grosso modo es que hay ambientes culturales que son tan permisivos a varias formas de violencia contra las mujeres, que llegar al femicidio es relativamente sencillo. Y hay sociedades en donde por varios mecanismos- incluido el mecanismo jurídico- se manda el mensaje de que  la sociedad ya no está dispuesta a seguir tolerando esa forma de violencia, y poco a poco se va tolerando menos violencia. Eso hace que el espacio para llegar a cometer un femicidio sea más largo. Pero en todo caso esto es complejo e incluso puede llegar a variar en el tiempo si hay una relación. Por ejemplo, en Honduras, el número de femicidios y asesinatos contra personas LGTBI se disparó agresivamente después del golpe de Estado social.

Hace pocos días la noticia sobre un incesto que culminó en  el embarazo en una niña desató el debate en torno al aborto. ¿Cómo analizás los términos en que se está planteando este debate público sobre el aborto?

-Bueno, para mí es muy frustrante confirmar una vez más que en realidad no hay debate en torno al aborto en este país. Un debate significa que vamos a poner en circulación ideas o argumentos, que vamos a replantear esos argumentos y que finalmente la gente va a estar de acuerdo en que el argumento más convincente o sólidamente construido es el que va a ganar la discusión. Eso sería un debate pero yo no creo que en Costa Rica haya un debate sobre el aborto. Creo que los medios de comunicación más poderosos obstaculizan el debate al sustituirlo por un ring de boxeo, donde pongo a dos personas -que representan dos visiones diametralmente opuestas del mundo y de la vida- a que se den de golpes para yo televisar eso y así subir el rating. No hay un intercambio de ideas.

El tema del aborto lleva a otro tema y es: ¿Tiene la mujer derecho a decir sobre su cuerpo?

El tema del aborto se puede abordar desde muy diferentes marcos teóricos. En bioética, el consenso es que cada ser humano hoy existente goza de la libertad de autodeterminación. Es decir, a cada ser humano que existe hoy –no los que están en proceso de existir-   se le debe respetar el principio de autonomía. Esto indica que yo soy mi cuerpo y que la única que tiene legitimidad para decir qué pasa en este cuerpo soy yo.

Entonces si yo quiero ser donante de órganos, nadie me puede decir que no lo puedo hacer pero tampoco nadie me puede obligar a donar; si tengo cáncer, yo decidiré si me quiero someter a la quimioterapia o no.

Ahora, la autonomía no es una cosa absoluta sino que es cambiante en el ciclo de la vida; por ejemplo, un chiquito de tres años no puede ejercer autonomía de la misma manera en que lo hace un adulto o un chico de doce años. Igual, si yo tengo un accidente de tránsito y estoy en coma alguien tendrá que tomar las decisiones por mí porque no puedo ejercer mi autonomía.

Entonces: ¿Cómo hacemos para respetar ese principio fundamental? ¿Por qué cuando pasamos al asunto de la gestación se nos desbarata la cosa? Porque entran visiones históricas vinculadas sobre todo a narrativas religiosas que le otorgan a una divinidad autoridad sobre cómo inicia y finaliza la vida…

Lo que vemos es un aparato ideológico. La distinción que hay que hacer es que cada persona tiene derecho a definir su vida de acuerdo con sus concepciones morales o su cosmovisión.

¿Dónde está el problema fundamental? Tanto en temas como aborto, eutanasia, y FIV, las personas más conservadoras no están pidiendo respeto a sus ideas. Ellos lo que están pidiendo es que sus ideas de orden moral-religioso se transformen en ley. Es decir, que sean vinculantes y mandatorias para todas las personas, independientemente de que comportamos esa lectura de la vida o no. Ahí es donde está el problema.

Es un pensamiento intolerante impuesto al resto de la sociedad…

-Sí, y lo que sucede es que durante algún tiempo fue impuesto al resto de la sociedad sin que nadie lo discutiera. Eso fue cuando la autoridad divina y política eran la misma. Eso se va separando, pero en algunos países hay resabios que permiten vincular ese poder simbólico-eclesiástico con el poder político. Costa Rica es uno de esos países, y en general, América Latina está ahí.

¿Entonces,  cómo finalmente tomar decisiones sobre el asunto del aborto? Lo primero es que hay que reconocer que no vamos a llegar a ningún consenso. Eso no va a suceder.

¿A qué tenemos que recurrir? A planteamientos vinculantes mínimos; por ejemplo, la plataforma de derechos humanos. Si yo tengo derecho a la libre autodeterminación y eso está en la Constitución Política y en los tratados de derechos humanos, yo debería tener entonces derecho a decidir si termino o no con un embarazo que fue impuesto por causa de una relación sexual.

De hecho lo que dice la Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer es que Costa Rica no ha reglamentado aborto terapéutico y que no tiene despenalizado el aborto para casos de violación. Esa observación se le ha hecho a Costa Rica.

Entonces despenalizar el aborto en caso de violación no significa que a cualquier mujer que salga embarazada porque la violaron, la van a obligar a abortar. Tampoco aborto terapéutico es obligar a una mujer embarazada a abortar si el embarazo pone en riesgo su vida o salud. Lo que significa es que exista la alternativa para que cada mujer individualmente decida si continúa o no con la gestación dependiendo de su cosmovisión.

Hay mujeres que saben que ese embarazo probablemente las va a matar o dejar mal y siguen con la gestación. Pero son ellas las que deciden, no tiene que decidir un médico, un juez, un cura, ni nadie, son solo ellas.

Hay que dejar en claro que, para que haya un aborto, primero tiene que haber un embarazo. ¿Qué es un embarazo? Es cuando un óvulo fecundado se implanta en el endometrio. Antes de eso no hay embarazo, aunque haya un óvulo fecundado dando vueltas por las trompas de Falopio no hay embarazo. Quien acoge esa definición científica es la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con la sentencia de FIV.

Una persona razonable tendría que tener la capacidad de distinguir entre lo que valora como moral e inmoral y como criminal y no criminal. Pecado y delito no son sinónimos. Una persona razonable tendría que entender esa distinción. Una persona integrista quiere transformar pecado en delito penal.


CONVERSACIONES EN EL CAMPUS

DIRECCIÓN:

ERNESTO RIVERA

PRODUCCIÓN:

MONSERRAT CORDERO

FOTO:

KATYA ALVARADO

MONTAJE PARA WEB:

LUIS ARIAS y ANTONIO MORA


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