Tiempo y elementos: emergencia de la escritura

En una primera pasada, me pregunté hacia dónde iba el texto. Obviamente pensaba con los protocolos estandarizados de lectura: narración, lírica, ensayo, testimonio…

Un poco de todo eso puede advertirse en Tiempos y Elementos. En ciertos tramos algo se cuenta, aunque la narrativa queda atenuada. Igual discretamente asoma un temple lírico, sin decidirse por la poesía. Por otra parte, algunos pasajes adoptan un giro reflexivo sin que la escritura derive hacia lo gnómico o ideológico.

La cita de esos tipos de discurso y el hecho de que quedaran en ciernes le permiten al texto situarse mediante una distancia. No se trata de novela -mucho menos familiar como abunda en este medio- aunque pueda leerse en clave de autoficción. Tampoco la captura yoica alcanza para poema ni el componente reflexivo, a veces sentencioso, da para una meditación filosófica como podría derivarse incluso del sesgo de abstracción que sugiere el título.

¿De qué se trata entonces?

De una escritura problemática en que esas referencias orientan y, no obstante, al mismo tiempo constituyen obstáculos por superar.
Una problematización de la escritura que parece sostenerse en algunas preguntas:

¿Qué lugar darse en ese ejercicio de la palabra más allá de los lugares asignados por los oropeles literarios? ¿Cómo trasmitir sin banalizar? ¿Cómo dar a conocer el (des)orden de la vida en el orden de la palabra? De algún modo, ¿cómo acercar la vida y el sentido?
Todo eso, y aun más, sabiendo que no hay relación necesaria entre los actos de una existencia y las ficciones y mentiras que los dan a conocer.

Tiempos y Elementos… Tiempos, pero sin que haya cronología. Elementos, pero sin el recurso de tabla periódica.

Su comienzo nos da una clave: “Y de repente revienta…”, así adviene una escritura entre el rumor y la espuma de las letras. No es casual la presencia del mar: parteaguas entre orilla y abismo, deseo y goce. Rumor y susurro sobre fondos de amor y muerte.

Acaso esa movilidad del mar dicta una composición fragmentaria. Puede imaginarse este texto como una suerte de móvil que deja a la libre el tiraje de los textos, de las cartas. Una suerte de bitácora compuesta por fichas o piezas de número abierto.

Aquí el texto deposita en la playa a un autor. No como pretensión de estatus, por ejemplo en el mundi-yo literario, sino como decisión de hacer, de ser. Finalmente una cuestión est/ ética: “cicatriz en la arena”.

El texto ha producido un autor. Pero ya no lo autoriza, no lo hace autoridad, como lo hubiera hecho algún escrito respetable, de la historia o de la economía, por ejemplo. “Contemplo el prodigio y discreto me retiro”.

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