La revolución del modernismo

En este artículo el filósofo Arnoldo Mora reflexiona acerca de los orígenes del modernismo, la corriente estética con surgida de las letras hispanoamericanas.

El modernismo, una corriente estética surgida de las letras hispanoamericanas, produjo una transformación en todo el arte que impactó el siglo XX, el poeta nicaragüense Rubén Darío, su máximo representante, le dio una dimensión universal a la sensibilidad caribeña.

Esto, como todo en la historia, no se dio por casualidad. Para comprender lo dicho, debemos remontarnos a lo acaecido en las artes y su desarrollo histórico en Europa, tierra nutricia entonces de ese legado que remonta a la época de oro de la Grecia Clásica. A mediados del siglo XIX, la cultura europea  daba muestras inequívocas de estar sumergida en la crisis del romanticismo, sin que esto significase su pronta desaparición, la cual no se daría sino ya a finales de ese siglo. El romanticismo fue la última expresión de la estética clásica inspirada en los cánones de lo que se consideraba como “obra de arte” en los días de la Grecia clásica. El romanticismo había surgido como manifestación de la sensibilidad y de las contradicciones dialécticas propias de las revoluciones que dieron origen a la Edad Contemporánea, como fueron  en la esfera de lo económico y tecnológico, la revolución industrial nacida en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII y, más tarde,  la revolución política, iniciada en Francia en 1789. El romanticismo por esos días nace en Alemania y tiene allí su máximo representante en el gran poeta y pensador Goethe. Por su parte, llega a su esplendor en Francia con Chateaubriand y Stendhal. Pero entra en crisis con el nacimiento del realismo literario de Balzac a mediados de siglo.  En consecuencia, el optimismo inicial es sustituido por el pesimismo de  Alfred de Vigny. Este nuevo espíritu de desencanto de los himnos triunfantes del romanticismo clásico, se expresa en la filosofía pesimista y asistemática de filósofos como Arturo Schopenhauer y Sôren Kierkegaard. La introspección, como materia prima para una honda y sapiencial reflexión subjetiva de Maine de Biran, se vuelve conciencia de lo absurdo. Se busca entonces una respuesta al sentido de la vida en la religión (Kierkegaard) o en el arte (Schopenhauer). Ambos se ocuparon ampliamente de la dimensión ética del ser humano, pero con concepciones cualitativamente diferentes. Mientras para Kierkegaard Don Juan Tenorio era la suprema expresión de la dimensión estética de la existencia, y demostraba la imposibilidad de dar un sentido auténtico a la vida mediante una libertad, que encontraba en su propia aspiración sus límites insalvables y, por ello  mismo, conducía a la desesperación y al salto a la esfera de la ética; en Schopenhauer, por el contrario, el arte constituía el único acceso al Absoluto  mediante la música.

Es gracias a esta concepción que se da la mayor ruptura con la estética del romanticismo. Esta ruptura, no solo con el pasado reciente que encarna el romanticismo, sino, incluso,  las  anteriores concepciones occidentales del arte, se inicia en la segunda mitad del siglo XIX y, con ello, surge la estética predominante en la edad contemporánea hasta el presente. El último representante de la tradición racionalista de la filosofía heredada de los griegos fue el último gran pensador enciclopedista de la historia: Hegel. Fiel a la herencia helénica, Hegel sostenía que la poesía era la suprema expresión del arte. Por encima de ella, solo estaban la religión y, sobre todo, la filosofía, como autocomprensión del ser humano, razón última de la concreción ontológica de los valores trascendentes, a saber,  la verdad, el bien y la belleza. Con ello, Hegel se hacía eco de la definición de los filósofos griegos, para los cuales el hombre es un animal dotado del don de la palabra. Y la palabra en su nacimiento o cuna de la creación, es poesía. No en vano la palabra “poesía” viene del verbo griego “poien” que significa crear. Por el contrario, Schopenhauer, discípulo de Schelling, quien buscaba en las tradiciones sapienciales de la India una respuesta que no podía encontrar en el racionalismo occidental, buscaba en la música el sentido último de la existencia, el único camino posible para encontrar el Absoluto, viendo no en la razón sino en la voluntad el instrumento que capaz de entonar las notas del himno de la sabiduría como culminación de una existencia humana plenamente realizada porque asumida más allá del Logos racional.

Es dentro de este contexto y bajo estas premisas que se da el surgimiento de la estética y de lo que se entiende por “obra de arte”, a partir de entonces y hasta el presente. Madame Bovary de Flaubert creará la novela contemporánea; se convertirá en el arquetipo de novela con su realismo psicosocial que, en última instancia, constituye una crítica implacable a una sociedad burguesa cuyo vacío existencial solo puede conducir al suicidio, no por amor, sino por tedio. Pero la fecha emblemática que cambió la sensibilidad estética desde entonces, lo debemos al estreno del drama musical que Wagner dedicó al culto cuasi religioso del amor: Tristán e Isolda. De nuevo, ahí aparece la muerte por amor que se da en el instante en que este – el amor – llega a su plenitud. La total identificación en el beso de amor y, con ello, la muerte de los amantes tan solo es la sublime culminación de una existencia concebida como culto al amor concebido como identificación de los amantes en el Absoluto, pues el éxtasis amoroso  es como el ascenso a la montaña: cuando se llega a la cúspide se inicia el proceso de decadencia, ya que, por definición, a partir de este momento, solo se puede descender. Y ese descenso, cuando de la existencia plena se trata, solo puede ser el abismo de la muerte. Éxtasis de amor, plenitud existencial y muerte se funden en un abrazo en que los amantes se funden y confunden hasta desaparecer agotados como el  candil que ha llegado a apagarse porque se ha consumido en su llama volviendo a imperar las tinieblas iniciales luego de haber producido fuego y luz. El calor de la vida se vuelve fría inercia de muerte. La palpitación del corazón de los amantes se apaga en y con la inercia de la muerte. El rojo de la llama se torna palidez de muerte. Pero se ha obtenido lo máximo a lo puede aspirar el ser humano: la plenitud lograda más allá de la fragilidad del instante. El tiempo no es tan solo devenir, el fluido temporal  que nada lo detiene, como afirmaba Heráclito; el instante es muestra fulgurante aunque relampagueante  presencia de la eternidad. Instante y eternidad, fugacidad de la existencia y eternidad de la completitud de la pareja, se funden en el frágil parpadeo, pero pletórico de luz y refulgencia, de la plenitud de un instante de amor a que llega en el beso con sabor a  eternidad de los agónicos amantes. El tiempo que define la fugacidad de la existencia, ya no solo se desdobla en pasado-presente-futuro, sino que igualmente se detiene en la plenitud fugaz del instante. Por su parte,  el arte solo tiene razón de ser en la medida en que nos sumergimos en los pliegues más recónditos del alma humana, que se percibe como una chispa de eternidad en ese instante tan fugaz como iridiscente, donde la figura desaparece y solo se irradia luz y color. La belleza de una flor en primavera, de un rostro o un cuerpo desnudo de una bella adolescente…un instante que se convierte en sinónimo de eternidad incluso en  los materiales rígidos, como las piedras que desafían las leyes de la gravitación en las torres de una catedral gótica que apuntan hacia un cielo imposible de alcanzar. Nada mejor que las artes plásticas para demostrar que el tiempo es superior al espacio, que el instante es la plenitud del ser humano, que, gracias a la conciencia de su condición de ser mortal, dio origen con Homero a la literatura occidental. En el París de 1861  tiene lugar  la exposición de dos pintores, Manet y Monet, cuyo interés es pintar, ante todo, el color, la luz. Por eso se dedican a la pintura no de atelier, sino al aire libre. Buscan pintar el instante. Por eso pintan no las pétreas paredes  de una vetusta aunque erguida catedral gótica, sino  que tratan de captar el instante en que un rayo de luz irrumpe un instante irrepetible sobre esas desafiantes torres. Por eso se les llamará “impresionistas”. Como reacción, el romanticismo tardío se prolongó en la literatura  comprometida, “revolucionaria” en el sentido socio-político de la palabra. El sinónimo de escritor por excelencia de este tipo en el siglo XIX fue Víctor Hugo. Sus convicciones ideológicas inspiradas en el socialismo utópico lo llevarán a perpetuar el optimismo propio del romanticismo clásico, pero partiendo de una concepción realista y denunciante de la sociedad burguesa de su tiempo. Víctor Hugo rechaza la posibilidad misma de la tragedia y la sustituye por el drama histórico, de la misma manera que Wagner lo había hecho al sustituir la ópera italiana por el drama musical. Estos hitos marcaron la revolución estética gracias al influjo de factores extraestéticos; el realismo se concibe como un reflejo de una realidad fáctica de la que el texto es su expresión y su crítica a la vez; con ello busca igualmente su justificación como quehacer revolucionario, viendo en el arte una forma de hacer realidad sus ideales políticos. Pero  el arte por sí solo da la impresión de no ser suficiente para lograr los propósitos  político-sociales del artista como ciudadano. La concepción de un arte como valor absoluto y como único camino conducente al goce y contemplación del misterio del Absoluto como respuesta creativa y creadora frente al absurdo de la existencia, es el mensaje de la filosofía preconizada por Schopenhauer. De ahí se desprende la propuesta estética a finales de siglo de promover “el arte por el arte”. El arte no  tiene un objetivo y una finalidad extra artística, tal como la denuncia social promovida por el naturalismo de Zola, ni siquiera debe ser concebido como un sustituto de la religión, si bien constituye la respuesta más idónea frente al vacío existencial a que conduce la inanidad de una sociedad burguesa en decadencia y que llevaba a Flaubert a ver la labor del escritor como un oficio o una profesión. El escritor es un profesional o un obrero de la palabra.

De ahí la reacción de los poetas parnasianos, que buscaban  hacer del arte un fin en sí mismo. El arte por el arte es la consigna. Y qué mejor manera de propagarlo que buscar en la poesía ese reencuentro con el valor absoluto del arte que propugnaban los poetas  desde sus orígenes ancestrales. Por eso les llama “parnasianos”. Su modelo de belleza son los personajes que pueblan los incomparables relatos de la mitología griega. Esos personajes deben ser concebidos como algo más que metáforas, son dimensiones de la existencia humana, por lo que siguen siendo idóneos para expresar mucho de la condición humana actual. El tiempo onírico o poético deja de ser acceso tan solo al presente y se convierte en el lenguaje en que se plasma la poesía y se descubre el ser humano como tal, como ser humano sin más, incluida su dimensión metafísica. El hombre es hombre cuando se descubre poeta de su propia existencia. El arte no necesita sucedáneos de raigambre religiosa, ni motivaciones políticas, se sitúa más allá de la ética; tan solo aspira a ser  la suprema manifestación de lo humano y, con ello, expresar con autenticidad incluso su dimensión metafísica. El arte es filosofía y religión, es política y revolución; el arte es la plenitud del ser humano.  Gracias al arte, el hombre se  sumerge en las profundidades del infierno, se hunde en los delirios de la demencia, o se angustia con sentimientos de  culpabilidad, bebiendo el elixir de la poesía como una copa de hiel. Es dentro de este contexto que emergen los poetas autodenominados “malditos”, cuyo máximo exponente y padre de la poesía contemporánea es el autor de Las flores del mal, Charles Baudelaire.

Es igualmente dentro de este contexto de ribetes trágicos que surge el modernismo en las letras hispanoamericanas.

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