El libro contra la muerte, de Elias Canetti

En Die Schildkröten (Las tortugas), Veza Canetti cubre los acontecimientos de su vida durante 1938 con un velo transparente.

En Die Schildkröten (Las tortugas), Veza Canetti cubre los acontecimientos de su vida durante 1938 con un velo transparente. Los nazis acaban de tomar el poder en Viena. Eva, su álter ego en la novela, vive con su esposo, el erudito Dr. Andreas Kain, en una idílica residencia a las orillas de la ciudad. La barbarie amenaza con la destrucción de esas existencias aisladas en medio de miles de libros, de páginas a escribir, de pensamientos a pensar, de bellezas para descubrir. Eva presiona: hay que huir, salvar la vida, dejar atrás los libros y el jardín; encontrar, lejos de Alemania y Austria, un refugio para los pensamientos, un asilo para las bellezas. Kain prefiere esperar, en ambos sentidos del verbo: esperar lo que vendrá y esperar que no sea lo peor. Finalmente, y a regañadientes, sigue a su esposa al exilio inglés. Su hermano queda atrás y perecerá, el Abel de la historia. Ninguna duda cabe sobre la identidad de Andreas Kain: es Elias Canetti, un escritor desconocido en 1938, aunque ya autor de Die Blendung (Auto de fe) y pensador inmerso en las investigaciones para su obra principal, Masa y poder. En 1938, Canetti sabe lo que quiere, sabe cuál va a ser su obra y su éxito casi nulo no le importa en lo más mínimo.

Sorprende el retrato que su esposa traza en Las tortugas, una novela que solo los íntimos de la pareja pudieron conocer, un manuscrito que tuvo que esperar seis décadas para convertirse en libro. Precisamente este carácter privado del texto podría garantizar la autenticidad del retrato: el futuro Premio Nobel, tímido, indeciso, inseguro, miedoso y, sobre todo, ciego ante la realidad política europea de 1938, víctima de ese deslumbramiento (Blendung) que describe en su novela, cuyo protagonista se llama Kien: ¿el Kain de Veza es un Kien preso en una realidad alocada que solo le da la opción de esconderse en una biblioteca? Veza, entonces, pone en perspectiva el autorretrato de su esposo que los lectores de sus famosas memorias admiran. A través de Andreas Kain, Elias Canetti se acerca al Kien de Auto de fe: un intelectual cuyo mundo se reduce a una biblioteca, una mente cuya lucidez opaca e inutiliza los demás sentidos.

Kien se refugia en la locura y, finalmente, la autodestrucción, que equivale a la destrucción de sus libros. Gracias a Veza, Canetti salva la vida, pero se hunde en una obsesión, otra forma de locura, que va a regir el largo resto de su existencia. La obsesión se bifurca: por un lado, la investigación para Masa y poder, la parte pública que se presentará a los lectores en 1960; por otro, la omnipresencia de la muerte en el pensamiento de Canetti, la parte obscura que solo después de su desaparición física se dará a conocer paulatinamente. Sus lectores sabían de la obsesión, pero no teníamos idea de su intensidad y extensión: abarca y envuelve toda la existencia del escritor, llena su mente, como los 25 mil libros de su biblioteca habían llenado –sin metáfora ni metonimia– la del sinólogo Kien.

La locura como antídoto vital

Masa y poder ocupó al escritor a lo largo de más de treinta años. Sin embargo, a la luz de las publicaciones póstumas sabemos que solo se trata de un producto lateral de su verdadera obra principal, un spin off. La muerte ocupa al Premio Nobel de 1981, sus hipótesis sobre el poder y la masa sólo derivan de esta obsesión principal. ¿Qué origina las ambiciones de los dictadores?, se pregunta ¿Por qué pretenden imponer su poder a pueblos enteros? El verdadero móvil del poder no es, según Canetti, el deseo de gobernar, sino el de vencer a la muerte: si mato a todos y camino sobre un cementerio gigantesco, entonces no hay muerte para mí, seré el último sobreviviente que no podrá fallecer. Ya en Auto de fe la locura había aparecido como una bendición. Ella nos permite la inmortalidad, ella vence a tiempo y espacio. ¡Maldito el psiquiatra que cura a los locos! ¡Maldito también el psicoanálisis que cataloga las locuras y les quita su grandeza!

La muerte, entonces, es el fenómeno que origina la escritura entera de Elias Canetti: fenómeno trivial y sublime a la vez, nos afecta a todos, rige nuestras existencias y no sabemos nada de ella; se esconde, es escurridiza y omnipresente; nos amenaza y, al mismo tiempo, nos seduce con promesas vacías de una liberación incierta, algo así como un contrato unilateral con el que nos impone sus condiciones.

La muerte llena miles de páginas que Canetti escribe en Austria, Inglaterra y Suiza a lo largo de por lo menos 60 años. Se trata de apuntes, aforismos, pequeños retratos a la manera de El testigo oidor (1974), narraciones minimalistas. Los colecciona en una carpeta que titula Totenbuch publicada por primera vez en 2010, curiosamente en Barcelona en traducción española. Este “Libro de los muertos” solo constituye un fragmento diminuto del total de sus textos que se acercan cautelosamente a la muerte. Algo se publica en los Apuntes, mucho permanece inédito. La selección más ambiciosa data de 2014, se titula Das Buch gegen den Tod, el libro contra la muerte. Se trata de un libro de trescientas páginas, es decir, dista de reproducir la totalidad de la obsesión.

Efectivamente, Canetti escribe y piensa contra la muerte, no sobre ella. “La muerte es mi enemigo mortal”, reza una de las entradas que podría ser el lema de toda la obra. Canetti no acepta el fin biológico de nuestras existencias; morir le parece innecesario, grotesco, humillante y un ataque violento contra nuestros derechos de seres humanos. Esta premisa de su pensamiento merece una serie de reproches del sentido común: absurdo, ingenuo, tonto, inútil, pero también altanero, soberbio y megalómano. La lectura de los textos, dolorosa a veces, nos convence de lo contrario: Canetti parte de un amor sentido y sincero por todo lo humano y, sobre todo, analiza meticulosamente las respuestas que religiones y mitos proponen para el gran enigma. Las analiza y las siente. No hay altanería intelectual, sino una necesidad ontológica de buscar en las religiones y mitos no el consuelo que quizás prometen, sino las soluciones que quizás disfrazan. Canetti pretende consolarnos y consolarse ante el hecho de la muerte porque nos dice que no hay consuelo, porque nos asegura, gracias a sus propias convicción y terquedad, que no es un hecho a secas, que no es inevitable, que todos podremos ser sobrevivientes, preservar nuestros cuerpos y emociones. Se niega a recurrir a símbolos y disfraces lingüísticos, el tema mismo no lo permite. Canetti dialoga con la muerte, discute y pelea con ella. Se trata de actos físicos cuya intensidad solo un lenguaje directo, antirretórico, es capaz de transmitir al lector, un lector que durante varias décadas es idéntico al escritor-contendiente.

Una y otra vez Canetti se propone juntar los fragmentos, darle una forma definitiva a su obsesión. Una y otra vez fracasa, no porque el tema rebase sus capacidades artísticas y filosóficas, sino porque el tema es idéntico a su escritura. El libro de los muertos no puede tener forma porque es la obra que equivale a la vida, es el escribir que, según Blanchot, equivale a la supervivencia, el reto que la pluma opone a la muerte. Y es mucho más, ya que Canetti no percibe su escribir contra la muerte como un acto metafísico, sino como una lucha concreta y tangible. El casi nonagenario apunta: “Ya es tiempo de volver a comunicarme cosas.” Pocas horas después muere. Sin embargo, esta necesidad de comunicarse cosas, de construir mediante la escritura un puente entre el yo que niega la muerte y el exterior que la acepta, es quizás el legado más importante que deja Canetti, el desafío póstumo que el escritor formula contra el fin.

Hay una referencia curiosa a México en El libro contra la muerte. En 1982, Canetti inserta una cita de Juan Rulfo en sus apuntes: “La muerte en México no es ni santa ni extraña. La muerte es lo más cotidiano que existe.” La cita se completa de manera irónica: “¿Y qué siente cuando escribe, señor Rulfo? –Remordimientos.” La presencia pseudofísica de los muertos en un día determinado debe horrorizar a Canetti. Las costumbres mexicanas integran la muerte en la vida, en lugar de imponer la vida para recuperar a los muertos. El festejo de ultratumba introduce la muerte en la vida. No le quita el espanto, pero le da un derecho a existir que jamás debería tener. De este modo se manifiesta la postura de Canetti: infantil quizás, irracional posiblemente. Sin embargo, su no a la muerte atrae y, finalmente, convence con una lógica consecuente: aprendimos a lo largo de siglos que, como humanidad, somos los dueños de nuestro destino. Nos convencimos de que todo cambia (todo fluye). Forjamos una ciencia cuyos límites se desplazan cada día un poco más. Creemos en posibilidades casi infinitas que ofrece el mañana. ¿Por qué seguimos aferrados a la inevitabilidad de la muerte? ¿Por qué el sólo pensar en la abolición de la muerte se tacha como acto de locura? No hay lógica en esta lógica; sí la hay en oponerse a la muerte, en declararle la guerra.

Canetti conoce bien a su enemigo. Lo estudia en cientos de mitos y escrituras sagradas. Conoce sus trucos y conoce los trucos de los humanos para lidiar con él, vencer el miedo ante el horror de la nada. Vuelve a preguntar la lógica de Canetti: ¿por qué vencer el miedo en lugar de un ataque frontal al enemigo? Simpatiza con el budismo porque Buda prefiere vivir a morir. La reflexión sobre el final del octogenario Buda se inserta ocho veces en El libro contra la muerte. El sabio no quiere dejar la vida, le habla a su discípulo de las bellezas y deleites de la existencia, espera que este lo retenga en la vida. El discípulo no entiende y Buda, contra su voluntad, muere. Canetti casi desespera ante la actitud del discípulo. Siente que es el único que escucha las finas súplicas del maestro, presiente que todos los demás lo mandaremos al Nirvana…

El más allá cristiano le parece grotesco, un contrato que firmamos a ciegas, una casa que rentamos sin revisarla antes de la mudanza. Canetti traza argumentos que nos permiten la burla ante la fe cristiana en una vida después de la muerte: ¿no predominaría el horror de tener que convivir con jefes despóticos, exesposos y esposas histéricos, políticos nefastos y dictadores de todos los colores, sobre la esperanza de reencontrarnos con los pocos seres verdaderamente queridos que podemos reunir en nuestros trayectos?

Burla y venganza de la muerte

La muerte se vengó y, ella muy cínica, se burló de Canetti. Su padre muere en 1912, cuando el hijo tiene siete años: una muerte inesperada e inútil como todas las muertes. Sin embargo, es el acontecimiento que origina la obsesión del entonces niño. El matrimonio con Veza constituye otra etapa. Ocho años mayor que el escritor, Veza es –mucho más que esposa– amiga y protectora, el único cómplice en la lucha con suficiente sentido práctico que le permite proteger al ingenuo Canetti. Veza muere en 1963. Ocho años después muere su hermano Georges, el psiquiatra. Demasiados fallecimientos en la vida del enemigo mortal de la muerte. Canetti vuelve a casarse en 1971, con Hera Buschor, veintiocho años menor que él. Ya no quiere vivir la muerte de otro ser querido. Tiene una hija con ella que casi logra distraerlo de su obsesión, casi… Hera muere en 1988, seis años antes de Canetti. De nuevo la muerte se impone a su existencia, de nuevo hay que luchar contra ella, negarle el derecho a existir.

El libro contra la muerte es el antídoto contra los Libros de los muertos (Totenbücher) de los campos de concentración (José Emilio Pacheco se refiere a ellos en Morirás lejos), libros en donde los nazis registraron meticulosamente los nombres de sus víctimas: miles, quizás millones de nombres: la administración de la muerte y la bancarrota de la vida. Canetti le impone su quizás ingenuo no, una negación imprescindible en tiempos de un morir que se vuelve mediático, filmado, documentado y ordinario, es decir: se vuelve el hecho que nunca habría debido ser.

Tomado de La Jornada.

 

 

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