José León Sánchez: Un Montecristo de carne y hueso

La cultura oficial le negó un año más el Premio Nacional de Cultura Magón al gran escritor costarricense José León Sánchez, pese a sus

La cultura oficial le negó un año más el Premio Nacional de Cultura Magón al gran escritor costarricense José León Sánchez, pese a sus importantes aportes a la literatura nacional. Un equipo de UNIVERSIDAD lo visitó en la Quinta de don Cosme, en San Rafael de Heredia, donde se reinventa cada día como un Montecristo inagotable a sus
86 años.

La cultura oficial le negó un año más el Premio Nacional de Cultura Magón al gran escritor costarricense José León Sánchez, pese a sus importantes aportes a la literatura nacional. Un equipo de UNIVERSIDAD lo visitó en la Quinta de don Cosme, en San Rafael de Heredia, donde se reinventa cada día como un Montecristo inagotable a sus
86 años.

Hijo de una prostituta. Prófugo de orfanatos. Prófugo de cárceles. Sobreviviente de sí mismo: José León Sánchez es un extraño milagro que emergió de la nada para convertirse en el autor costarricense más leído en el mundo.

La Isla de los Hombres Solos registra más de 143 ediciones, según el autor, y Tenochtitlan es considerada una de las mejores novelas “mexicanas”, al tiempo que pocos recuerdan que el escritor ingresó a prisión cuando casi era un adolescente y no sabía leer ni escribir.

A pesar de que han pasado más de 60 años de que lo declararan “El monstruo de la Basílica” y de que quienes lo juzgaron en su tiempo la mayoría ya están muertos, José León, a sus 86 años (que cumplirá el próximo 19 de abril), percibe, y lo dice sin temores, que todavía lo consideran un delincuente, y por eso la cultura oficial lo mantiene al margen.

Ha hecho méritos suficientes para que le otorguen el Premio Nacional de Cultura Magón y año tras año se lo niegan.

Aunque ha recibido importantes reconocimientos en el exterior el primero es el ser el escritor nacional más conocido y traducido, en especial por los dos libros ya citados, y un doctorado honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de México, José León es una fantasma para la cultura estatal, que olvida al poeta que subyace en cada uno de sus textos.

Algunos lo arrinconan al decir que ciertos libros suyos muestran un descuido formal en su escritura. Y es el propio José León el primero
en aceptar parte de esas críticas, pero el don poético, ese extraño don de la escritura que se manifiesta en la naturaleza de ciertos hombres, lo acompaña desde siempre, y es el que marca la diferencia con sus colegas nacionales y de otros ámbitos.

En 1988, la Sala Constitucional y la Sala de Casación lo eximieron de responsabilidad en el crimen de La Basílica de Los Ángeles, por el que purgó más de 30 años en prisión, pero el dedo acusador lo sigue juzgando desde la penumbra, y, cada vez que surge una ocasión, aparece de nuevo señalándolo como el prófugo, el monstruo,
que mereció podrirse en prisión.

Para quebrar esa visión bastaría con sus libros, pero aquel que lo conoce y lo trata, descubre bajo esa piel curtida, de indígena rebelde y luchador, a un ser humano con el corazón abierto, amante de la cultura precolombina, y poseedor de ese singular don de saber contar en clave poética, la cual se aleja de esos lenguajes artificiales y “afectados”, en los que prevale el egocentrismo mal calculado del escritor, el cual a su vez termina por anular cualquier intento de autenticidad.

AFUERA LA LLOVIZNA

Viernes 18 de enero de 2015. El clima en San Rafael de Heredia es frío a ráfagas. A ratos sale el sol. Es media tarde. En la quinta de don Cosme la conversación con José León va y viene entre distintos asuntos culturales y literarios.

La visita al escritor la motiva la recienteaparición de Al florecer las rosasmadrugaron, su más reciente novela,en la que traza un recorrido por lavida de Chavela Vargas, la cantantetica de gloriosa fama internacionalque renegaba de Costa Rica, lo que yala convertía en un personaje polémicopara el país.

Esta tarde, lleva, como es su estilo,una guayabera, esta vez de un celestetenue, de manga larga y calza sandalias,
como suele suceder cuando seestá en la comodidad de la casa.

Recibe al equipo periodístico deUNIVERSIDAD con regocijo. Se lenota en sus palabras y en sus gestos.

Su estado de salud no es como loplanteaban los blogueros de ocasión,es decir, no está a punto de morirsecomo lo anunciaron varios en la red.Lo primero que se constata al estarfrente a frente es que el espíritu delpoeta está intacto. Él reconoce quehace unas semanas viajó a Méxicopara que le pusieran dos stein, debidoa sus problemas cardíacos. José Leónasegura que ha sobrevivido a tres infartosen su extensa vida. A lo quehabría que agregar una estancia de 30años en la cárcel en condiciones inhumanas,lo que revela su especial capacidadpara sobreponerse a situacionesextremas.Al dar la bienvenida, sonríe con timidez,y más adelante, sin darse cuenta,hará gala de sus habilidades físicaspara moverse en espacios reducidos.

Esa naturaleza noble y rebelde se lemanifiesta simplemente.La tarde se abre con el tema de sulibro sobre Chavela (véase nota aparte),a quien rindió grandeadmiración,perocon la que no tuvo contemplacionesa la hora de armar su novela.Sí, porque lo suyo es contar una “granmentira”. Una mentiraverosímil,comocorresponde al arte de narraren la novela. La biografía. La historia.Son otros campos y él ahí no quieremeterse en este caso. Ya lo hará en supróximoproyecto: la guerra sucia. Enla que pretende contar una historiasobre Juan Rafael Mora muy distintaa la que hasta el momento se conoce.
Ese libro es, por ahora, solo un proyectoy por el gesto que hace ni élsabe si llegará a buen puerto.Ahora responde a preguntas sobreesa Chavela Vargas, con cuya biografía,ahora sí, tiene algunas similitudes,por el mero hecho de que fue Méxicoel país que a ambos les abrió la puertapara triunfar.

Su amor por México tantas vecescitado en la conversación, se da porqueallá le publicaron Tenochtitlan.Y porque en la gran nación azteca sehizo la película de la Isla de los HombresSolos. Pero también en esa tierradescubrió a Juan Rulfo, cuya estructuraliteraria y manejo del idioma lemostraron, como a tantos otros, elcamino a seguir en el arduo y desmesuradosendero del arte de narrar.

“A México le debo todo”. Esa esuna frase que ha repetido tanto queen su mundo y en su idioma ya es unhimno. Ello no significa, no obstante,que José León reniegue de CostaRica. Esa alma que empezó a gestarseen Río Cuarto de Cucaracho deGrecia, donde el niño, como dice suhistoria, fue abandonado, al ser sumadre una prostituta, destila y respiraadmiración y regocijo por el país quelo vio nacer.

Aquí estuvo a punto de podrirseen la cárcel y ese padecimiento le permitióescribir ese documento que sehizo universal: La Isla de los HombreSolos. No es una novela, advierte unavez más, “es un documento humano”.Las miserias de una prisión desmedidacomo la de San Lucas, concuyo texto él contribuyó a cerrar, sonnarradas desde la vivencia, y el habersido testigo durante extensos años decómo el hombre trataba a sus semejantestal si fueran animales.

Visitar al poeta, le gusta que le diganasí, porque en el fondo eso es loque es: un poeta, es toda una experiencia.Y fue este poeta el que también,en un encuentro anterior, noshabía soltado esta frase, que a muchosen aquella ocasión, como hoy, no lesgustará: “nohemos aportadoun solo versoa la literaturauniversal”.Y con estaa f i r m a c i ó ntrasluce otroelemento de supersonalidad:su gusto silenciosopor la polémica,porqueno teme decirlo que piensa, acerca, incluso, de figurasconnotadas.

EL ETERNO MAGÓN

Cuando se le pregunta por el PremioNacional de Cultura Magón, JoséLeón sonríe con esa malicia indígenaque le caracteriza. Tiene enfrente unataza de café y un tamal. Si usted visitala Quinta de don Cosme ese es un ritualque no se puede perder. El café yel tamal, y hay ocasiones en el que esel propio escritor el que oficia de anfitrión,para demostrar con ese gestoViene de la página anteriorsu gratitud por la visita, y el que elser humano se impone al hombre deéxito en que lo convirtieron sus dos“long sellers” como son Tenochitlany La Isla de los Hombres Solos.

A la pregunta sobre el Magón respondecon contundencia: “No, nome lo van a dar nunca, porque todavía
me consideran un delincuente”.Ese delincuente asombró a los mexicanoscon Tenochtitlan, la últimabatalla de los aztecas. En esa nacióntodavía se preguntan cómo un costarricensefue capaz de escribir esa novelay no ellos.

Su amor por lo precolombino
explica en parte esa gran aventura,
elogiada por escritores de la talla de
Carlos Fuentes.
“No, no me lo van a dar nunca,
repite. Aunque claro, se lo dieron a
un bailarín por brincar y a Guido
Sáenz por sembrar árboles”.
Y agrega, ya embalado ese arsenal
de ironía que a ratos destila para defenderse
del pasado y del presente y
quizá del futuro: “Beto Cañas, que
fue amigo mío toda la vida, y por eso
lloré cuando se murió, me dijo que
no me lo iban a dar nunca, porque yo
amo demasiado a México”.
No niega, sin embargo,
que le gustaría
que se lo concedan.
Cree merecerlo. Y
más importante aún:
hay una obra que lo
respalda, pero hay un
pasado que lo condena.
Esa sombra de la
Basílica. Esa sombra
de la Penitenciaría.
Esa sombra de San
Lucas. Esa sombra de
una madre prostituta.
Esa sombra de una hermana prostituta.
Esa sombra de 30 años en prisión,
pesan, enormemente, en la cultura
oficial, que premia a los suyos.
En su condición de escritor costarricense
consagrado no tiene reparos,
no obstante, para decir que el trabajo
del Premio Magón 2014, Miguel
Ángel Quesada, le parece meritorio,
y que le gusta su aporte para tratar de
salvar las lenguas indígenas del país.
LA TARDE LENTA
José León pudo escribir Tenochtitlan
porque es un enamorado del
mundo precolombino. Su biblioteca,
compuesta por unos 11.000 volúmenes,
tenía un marcado interés en este
período de nuestra América.
Pero ahora que ha entrado en esa
recta final de su vida, porque a sus 86
años, pese a que se ve y se siente bien,
nunca se sabe, como él mismo reconoce,
decidió donarla a la Universidad
Nacional (UNA). “En la UNA me
nombraron profesor meritorio, seguro
porque les regalé la biblioteca”, dice
y se ríe de sí mismo. El humor, a lo
largo de la charla y de su vida, es un
elemento de relevancia en él.
La razón de la donación es que
quiere que sus libros estén a disposición
de los estudiantes, debido a que
muchos de esos textos son difíciles de
conseguir, dado que los obtuvo en diferentes
partes del mundo.
Se ha desprendido de su biblioteca,
pero de ella quedan, en su casa, algunos
volúmenes, como las primeras
ediciones de sus libros pegados a la pared
con clavos. La imagen, de entrada,
puede parecer contradictoria: libros
pegados con clavos.
La idea es que no se desaparecieran
tan fácilmente, pero ese proceder denota,
de manera inconsciente, cómo
este escritor surgido de la nada, tuvo
que arrancar todo lo que ha obtenido
con una voluntad recia. José León es
un hombre para quien las medias tintas
no existen. No bastaba, entonces,
con poner con delicadeza la primera
edición de Campanas para llamar al
viento, o la de Cuando nos alcanza el
ayer, o la de Cuando canta el caracol,
o la de La luna de la yerba roja en un
estante: no, había que pegarlos con
clavos para que la realidad no volviera
a contradecir a los hechos.
Entregó casi todos sus libros, menos
esos clavados a la pared. Y otros
pocos que aún conserva. Los muestra
en lo que queda de su biblioteca. Y
en el cuartito pequeño en que están,
se sube la camisa como un niño para
taparse la cara y desafía a los periodistas
a que lean, al azar, esta o aquella
página, para demostrar que ha leído
los libros que posee. En esa pose infantil
conserva el alma de niño que
aún anima al escritor. No en vano en
un momento confesará su admiración
por Carlos Luis Fallas (Calufa) y en
especial por su inolvidable Marcos Ramírez.
Al escritor alajuelense, cada vez
que puede, lo llama maestro.
La memoria le juega una mala pasada,
en el ejercicio de reconocer a los
autores de cada libro, pero es solo un
juego y no hay nada que demostrar.
DEUDO CON CALUFA
En la conversación han ido apareciendo
sus viejos amigos y sus admirados.
Tal es el caso de Jorge Debravo,
cuyo funeral José León recuerda
siempre.
El poeta, que murió el 4 de agosto
de 1967 en un accidente de motocicleta,
era ya para entonces una figura
reconocida y cuando José León habla
de él deja traslucir esa fascinación que
ejercía en el grupo. Para José León
eran tiempos difíciles y para el Círculo
de Poetas de Turrialba, adversados
desde los periódicos de derecha
por su vinculación con las ideas de
izquierda, también.
En esos tiempos duros, el apoyo
y la solidaridad de Arnoldo Herrera,
Premio Magón 1991, resultó determinante,
como tantas veces lo destacó
en la plática.
El funeral pasado por agua. El féretro
que flota en la fosa. El cura que
antes ha negado que al cuerpo del
poeta lo ingresaran en la iglesia. La
esposa que llora. La madre que sufre.
El escritor evocaba aquellos tiempos
para recordar su admiración y reafirmar
que era una coyuntura complicada
para los creadores costarricenses.
Y cuando se le pregunta por Calufa
vuelve la sonrisa a su rostro.
Con el autor de Mamita Yunai,
cuenta, tuvo una relación especial,
porque en un momento dado lo enviaron
a que fuera su ayudante de zapatería,
por su bajo nivel en la escuela
de El Llano de Alajuela.
Muchos años después se lo volvería
a encontrar, cuando Calufa hizo
una visita a la Isla de los Hombres Solos
para ver a su hijo. El mayor homenaje,
no obstante, surge cuando José
León confiesa que el primer libro que
logró leer y entender bien fue Marcos
Ramírez, y fue cuando empezó a
acariciar en silencio la posibilidad de
algún día ser escritor.
“Mamita Yunai es un documento,
una novela, que cambió las leyes
laborales de América Latina. Algunos
dicen que está mal escrito porque Fallas
no admitía que lo corrigieran.
Bueno, fue algo de lo que me pasó
después con La Isla de los Hombres
Solos, que ahí está con sus errores”.
Al hablar de Fallas recuerda que
en 2010 pusieron su novela Tenochtitlan
como libro de lectura para
secundaria, pero que en ese mismo
año cometieron la “barbaridad de
quitar a Calufa”. “¿Cómo puede ser
posible?”. Y de inmediato sonríe con
timidez.
PASIONES SIN TIEMPO
Para José León lo precolombino
es un tema trascendental. Por
tal motivo, anda enfrascado desde
hace unos diez años en el estudio
del Quipu de Talamanca, y en cómo
descifrar el código que a su vez permitiría
la lectura de decenas de libros
similares en el mundo y en especial en
América Latina.
Antes había andado enrolado en
cómo la humanidad podría reconstruir
la biblioteca de Alejandría y
en ese sentido, en cómo Costa Rica
y Centroamérica podrían hacer su
aporte. Le gusta, por lo tanto, asumir
empresas colosales como fueron en su
tiempo mejorar la vida de los reclusos
en la Isla de San Lucas, donde pasó
casi la mitad de su vida.
En ese penal abrió una biblioteca
y a la vez se dispuso a enseñarles a sus
compañeros a leer. Esa trascendencia
del saber siempre lo ha acompañado.
De ahí que en un momento de la conversación,
que se extendió de tres de
la tarde a eso de las ocho de la noche,
José León muestra el método que ideó
para enseñar a leer a sus compañeros
en el la cárcel de San Lucas. Ya antes,
en la Peni, se había adentrado en la
publicación de un periódico.
Y como le gustan esas empresas
desmesuradas, lo del Quipu lo ha
atrapado y apasionado por tan extenso
período.
Asegura que con el apoyo de prestigiosas
universidades podrán llegar
lejos y presentar a la comunidad internacional
los hallazgos del estudio.
“Si estamos en la razón, comprobaremos
que cuando los españoles
arribaron a Talamanca, ya los aborígenes
de acá sabían leer y escribir”.
“Según investigaciones, el Quipu
es anterior al ábaco”. Y agrega: “En
el mundo hay unos 1000 Quipu que
no se han podido leer. Si desciframos
este, esos otros se podrán leer. Va a ser
un descubrimiento enorme. En ese
sueño estamos. Entonces si me van a
tener que dar el Magón”, y dice esta
última frase con un dejo de ironía.
NOVELISTA SIEMPRE
En José León, como en cualquier
escritor inquieto, confluyen varias
formas de expresarse: el cuento, el
ensayo, el artículo periodístico y la
novela. Esta última se impone siempre
en él. Esa necesidad de defenderse
desde que era un niño de pocos meses
lo ha arrastrado a tener que explicarse
su propia vida a partir de los relatos
que construye de la realidad para entender
y explicar a su vez a los otros.
En ese magnífico ejercicio, es que
surge el narrador. El que
se vale de una gran mentira
para contar una vida,
una situación, un instante.
Es el arte de novelar el
que emerge en ese preciso
momento.
Ya lo había dicho en
otro contexto y con otros
fines, pero aquí cae como
dicho para tales efectos,
Sir Arthur Conan Doyle
por medio de su inmortal
personaje, Sherlock Holmes: el arte
en la sangre adquiere diferentes formas.
Y eso pasa con el autor de A la
izquierda del sol.
Y José León se vale en esta oportunidad
de su arte para acercarse a
Chavela Vargas, muerta y resucitada
tantas veces en su larga vida de 94
años, en la que mantuvo siempre un
juego de esgrima con Costa Rica, país
al que desdeñaba en la distancia.
Ahora cuando muchos esperaban
una biografía de Chavela, José León,
que siente fascinación por el personaje,
recurre a la novela para intentar retratar,
desde la ficción, una vida real.
El ejercicio es altamente desafiante
y está reservado para quienes conocen
el oficio.
No quería hacer un documental
de la obra de la cantante que una vez
surgió de las cenizas del alcohol para
volver a conquistar los escenarios,
ayudada en un principio por el cineasta
español Pedro Almodóvar.
Lo que buscaba con su más reciente
trabajo era “novelar esa vida”,
que por sus sombras, sus fracasos, sus
contradicciones y sus estragos, podría
suponerse que no requería de un novelista
sino de un biógrafo, pero ya
él había asumido el reto, aunque a
la propia Vargas no le gustara en un
principio, como confesó en su oportunidad.
La pregunta que flotó durante
toda la charla es por qué se aventuró
a este tema, si estaba enfrascado en
otros asuntos que lo reclamaban y la
respuesta surgió desde su mirada.
Cuando el grupo que participó
de la entrevista observó el documental
sobre Chavela Vargas, los ojos le
brillaban en el claroscuro de su sala y
cuando la protagonista de su novela
empieza a cantar y va desgranando
vida y milagros ajenos, en esas letras
de aliento mexicano, el escritor confiesa:
“no, es que no estoy a la altura
de este personaje. No estoy a la altura
de esta mujer”.
PALABRA Y MILAGRO
A este sobreviviente de la prisión y
de la condena social lo salvó la palabra.
La palabra operó en él el milagro
de la transformación. Eso empezó a
gestarse en la Penitenciaría Central,
en la que hacían gala de poder
y control “Los hijos del Diablo”. Era
el tiempo de Caballón, entre otros,
en los que la sangre y el cuchillo se
vertían cada día y era la ley del más
fuerte la que prevalecía.
En ese contexto, la palabra le
fue revelando a José León un nuevo
camino en la vida. O más bien: le
marcó el camino. El
triunfo en 1963 en el
Concurso Nacional
de Cuento, en el que
obtuvo el primer lugar
por encima del doctor
Constantino Láscaris y
la escena aquella de la
silla vacía, y las flores,
y un Teatro Nacional
abarrotado mientras él
permanecía encerrado
en San Lucas, constituyó
un paso significativo en ese extenso
camino.
La absolución social, no obstante,
parece que nunca llegará. Ni siquiera
con el respaldo de un fallo de las Salas
Constitucional y de Casación de
1988, en el que se declaró la condena
contra José León contraria a la ley,
porque su confesión de culpabilidad
se había producido en circunstancias
de tortura.
La palabra hizo que José León
saliera del presidio convertido en un
Montecristo de carne y hueso. En un
Edmundo Dantés salido del vientre
de una madre prostituta y no de la
imaginación de Alejandro Dumas.
Y es con la palabra con la que este
hombre ha sostenido una batalla que
ya dura 86 años, en un país en el que
parte de la población, desinformada
y confundida por una leyenda negra,
todavía lo condena y no lo perdona.
Y la muestra más fehaciente es ese silencio
de la cultura oficial que invisibiliza
sus méritos literarios, los cuales
son elementos fácticos y hasta casi
se pueden medir y pesar, si ese fuera
el caso. No son opiniones de este o
aquel crítico.
Tras una larga conversación en la
Quinta de don Cosme con este escritor
recio de luchas y penumbras, con
la piel orgullosa del indígena, y ese
rostro curtido de tiempo y sueños, se
tiene la convicción de que se regresa
de un largo viaje, marcado por episodios
extraordinarios y por victorias
inimaginables, mientras afuera la
lluvia, el frío y la noche, anuncian la
culminación del segundo viernes de
enero, tan similar a los otros, que pareciera
que este paraje no da cobijo a
un hombre que se ha sabido imponer
por encima de las extremas situaciones
en las que le ha tocado vivir. Y
pese a tan enorme mérito, la brisa
de esta Costa Rica mezquina parece
anunciar: nunca, nunca, nunca, nunca
te perdonarán José León, siempre
vivirás al margen, en la orilla prohibida
de la vida.

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