Cine costarricense reciente, el inicio

En lo que va de este siglo, la producción de cine costarricense, aunque todavía incipiente, no se puede calificar menos que de vigorosa

En lo que va de este siglo, la producción de cine costarricense, aunque todavía incipiente, no se puede calificar menos que de vigorosa. Está lejos aún de constituir una industria, pero es una actividad en crecimiento que ya define áreas de especialización económicamente dinámicas y ha generado un gremio de producción en constante actividad.

El cine es una actividad que, como espectáculo, tiene de industria y tiene de arte. Los costos de producción, a lo largo de más de cien años, la han atado al mercado; pero sus posibilidades expresivas han permitido a los artistas apropiársela como forma de expresión.

El público puede apreciarlo como quiera, desde una forma de diversión y entretenimiento hasta un disfrute estético y de reflexión.

Narrar con imágenes en movimiento un retrato de la sociedad en que se vive o se ha vivido es lo que determina el interés de los realizadores costarricenses.

Quien cuenta y el cuento y para qué determina las propuestas y proyectos. Las imágenes son la materia prima del cineasta, la narratividad del cuadro, del montaje, son su lenguaje.

En el cine se produce y reproduce una identidad cuando se fijan las imágenes y se les otorgan lugares en la narración.

El cine costarricense actual crece en propuestas de diversa índole que recrean y producen el imaginario nacional contemporáneo. El público se cree mirarse ahí, a veces se descubre, otras, se interroga.

El cine costarricense dejó de ser una expresión menor y esporádica de las artes nacionales y relama un lugar preponderante.

ANTECEDENTE

Las raíces del cine costarricense pueden rastrearse en la década de 1920 y luego un muy esporádico camino hasta 1972, cuando se crea el Departamento de Cine, del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes,  hoy llamado Centro Costarricense de Producción Cinematográfica, adscrito a ese mismo ministerio. Nombres como Ingo Nihaus, Víctor Ramírez, Edgar Trigueros, Carlos Freer, Carlos M. Sáenz, Víctor Vega y Antonio Yglesias se nuclearon en aquel Departamento de Cine, gestado y dirigido por la actriz María de los Ángeles Kitico Moreno y bajo el lema “Dar voz a quien no la tiene”, dieron inicio a un proyecto narrativo documental que registró por primera vez  imágenes de la sociedad costarricense.

Luego de esa primera experiencia estatal de producción en serie de varios documentales, en los que se registraba por primera vez en formato cinematográfico la imagen de la sociedad costarricense desde una visión crítica, realista, pero con alta calidad narrativa, inició un interés creciente por desarrollar esas imágenes nacionales en un lenguaje de ficción, en narrativas más universales que captaran el interés de públicos mayores. Con gran entusiasmo pero sin mucha claridad en el rumbo, los realizadores empezaron a procurar llevar adelante proyectos propios en el ámbito de la ficción.

Como el mercado nacional es reducido, y hace cuatro décadas lo era mucho más, los realizadores se plantearon temas y narraciones que pudieran interesar a un público demasiado atosigado con imágenes de la industria internacional. El veterano Ingo Nihaus, uno de los realizadores más preocupados por producir un cine de contenido trascendente y que invite a la reflexión, dirigió en 1983 Senda Ignorada, una película que se adentra en los orígenes de la sociedad costarricense.

Al año siguiente las salas josefinas estaban exhibiendo, por primera vez, una gran producción cinematográfica en la que, bajo la dirección de Antonio Yglesias, se retomaba un texto de Alberto Cañas basado en una leyenda popular: La Segua. Era una película de época, desarrollada en Cartago colonial, producida y escrita por Óscar Castillo con respaldo mexicano.

En 1985 el director y actor estadunidense Richard Yñiguez realiza, junto a su esposa, la costarricense Roxana Bonilla, La negrita, basada en la leyenda de la aparición de la Virgen de los Ángeles.

Uno año después, Miguel Salguero, otro veterano, pero más dedicado al costumbrismo, presenta Los secretos de Isolina, una obra desarrollada en la provincia de Guanacaste que retrata vida y costumbres campesinas costarricenses.

El ciclo y el siglo los cerró Eulalia, una película de Óscar Castillo que se constituyó en el primer gran éxito de taquilla en 1987. Desenfadada y crítica, es una comedia urbana, que reflejaba la sociedad costarricense de ese entonces.

CAMBIO DE CASETE

Catorce años después, el mismo Óscar Castillo estrenó el siglo XXI con otra comedia urbana que criticaba uno de los aspectos más destructivos de la sociedad contemporánea: la corrupción. Se llamó Asesinato en El Meneo, aunque no tuvo tanto reconocimiento como su antecesora, sí tuvo el mérito de iniciar un ciclo vigoroso en la producción cinematográfica nacional.

Con la ayuda del impacto de nuevas tecnologías que abarataron costos y la posibilidad de que algunos realizadores fueran estudiar a escuelas internacionales en Cuba, Estados Unidos, Europa y Suramérica, las posibilidades de hacer cine se dispararon.

Ingo Nihaus, volvió con un drama de denuncia: Password, una mirada en la oscuridad, en la que señalaba la peligrosa exposición de los jóvenes a las comunicaciones por Internet. Problema aún vigente 15 años después.

Otro experimentado, aunque más curtido en el ámbito de la publicidad, fue Mauricio Mendiola, quien estrenó Marasmo, ambientada en Colombia y que se refería al vínculo del narcotráfico con la guerrilla.

En 2004 irrumpió con una ambiciosa ópera prima, el joven director Esteban Ramírez. Caribe tomaba como base un cuento de Carlos Salazar Herrera para armar una historia de amor y lucha ambientalista contra la explotación petrolera en la costa caribe de Costa Rica. Se trató de una gran producción en la cual se realiza, guionista y productor abría el paso a una nueva generación llena de audacia y solvente capacidad.

Una diversa generación de directores jóvenes tomó el relevo de quienes en 1973 emprendieron la aventura de registrar, con la imagen en movimiento y la narración cinematográfica aspectos propios de la vida costarricense.

En lo que va del siglo se han producido al menos 47 largometrajes de ficción.

Esta experiencia ha capacitado a cientos de personas que participan en las producciones desde muy diversos ámbitos tanto técnicos como creativos y ejecutivos.

Este acervo de conocimiento profesional ahora repercute en escuelas de producción audiovisual tanto en universidades públicas como privadas, constituye la cimiente de lo que podría convertirse en una industria de pequeña escala, pero también de una producción artística de buena factura.

En este siglo, la producción cinematográfica nacional ha tenido un cambio enorme en todos los sentidos. Algunos aspectos técnicos de las películas que han crecido y se han profesionalizado son: música, fotografía, sonido, montaje o edición. Otros que aún muestran debilidades son: guion, narrativa visual, actuaciones (aunque han mejorado), dirección de arte.

EL CINE DE AUTOR

Hasta ahora lo que predomina son películas basadas en pequeñas historias de pequeños personajes. Los realizadores han enfrentado retos de narración y producción que resuelven con una diversidad de propuestas que han ido entrenando el ojo y gusto del público.

Algunos realizadores, que han logrado la producción de varias obras, ya empiezan a definir un estilo reconocible para el público, por ejemplo: Jurgen Ureña, Hernán Jiménez, Gerardo Selva, Andrés Heindereich, Miguel Gómez, Esteban Ramírez, Paz Fábrega o el veterano Óscar Castillo.

Los realizadores, en su mayoría, trabajan en la producción audiovisual comercial, pero no dejan de pensar constantemente en proyectos cinematográficos. Quizás por motivos de supervivencia individual, el gremio aún está disperso, pero la constante actividad hace que cada vez haya mayor intercambio.

Los altos costos que implica la producción de un largometraje aún la convierten en una inversión riesgosa; sin embargo, el éxito alcanzado por algunos demuestra las posibilidades económicas que puede tener el cine costarricense si logra vencer algunos obstáculos persistentes, como los de promoción y distribución.

Hasta ahora, y cada vez más, el público ha respondido positivamente a la creciente oferta de cine nacional. Por su parte, los realizadores han mejorado sus propuestas temáticas, de tratamiento y formales.

El decano del cine costarricense Óscar Castillo, quien en un alarde de su capacidad creativa recientemente estrenó, los viernes en canal 13, la serie de televisión La Urba, apunta los derroteros hacia las posibilidades que ofrece la producción televisiva, tendencia que crece mundialmente y que ha seducido incluso a algunos curtidos directores cinematográficos.

La televisión digital podría significar un desarrollo en esa área que el país ha tenido rezagada debido a la preferencia de productos manufacturados extranjeros que han preferido para las televisoras.

Canal trece recientemente inició un espacio de su programación, los sábados a las 7 p.m. y a partir del 24 de diciembre y durante todo el mes de enero, todos los días a las 9 p.m., denominado Cine tico, en el cual se pasarán algunos largometrajes nacionales. Ocasión para disfrutar y analizar el amplio abanico en que se crea la imagen costarricense en el cine contemporáneo.

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