Breve defensa de los siete pecados capitales…

Del escritor Carlos Salazar reproducimos este texto inédito cuyo humor y tino reflexivo es un oasis en época de la filosofía de los 140 caracteres.

Del escritor Carlos Salazar Ramírez reproducimos este texto inédito cuyo humor y tino reflexivo es un oasis en esta época de la filosofía de los 140 caracteres.

Ocurre que el precepto religioso formula las características de los pecados capitales de manera absoluta y dogmática, sin observar los mil repliegues de la imaginación, la realidad y los innumerables puntos de vista de quien está ejerciendo el difícil y amable oficio de vivir.
Es necesario considerar lo anterior en el caso de leer los textos veleidosos que siguen.
I – Contra la SOBERBIA, humildad.

El gallo exhibe Soberbio su espléndido plumaje cuando camina gallarlo entre sus devotas adláteres.
El león espera, tendido y elegante, que su compañera le traiga sumisa un buen trozo de carne.
El gato –su pariente pequeño, del que observaba doña Emilia Prieto que el mundo está hecho para él- observa con arrogante displicencia a su amo (que no lo es, aunque el tal amo se lo crea).
Estos son ejemplos de Soberbia, pero sus protagonistas son animales; y el pecado, tal como se entiende, es patrimonio humano. Sin embargo, se han apuntado aquí para seña-lar “visualmente”, la ocasional magnificencia de esta… ¿contravención?
Cuauhtémoc (1496-1525), el último Emperador (Tlatoani) de México-Tenochtitlán, defendió con bravura su Patria frente a las huestes de Hernán Cortés. Vencido y hecho prisionero, se negó a indicar la localización de los tesoros del Imperio. Entonces fue sometido al tormento con fuego, suplicio que soportó con increíble serenidad, mientras su vida se elevaba, altiva, por encima de la pequeñez humana de los invasores españoles, quienes no pudieron gozar en aquel momento de ningún tesoro.
¿Qué tal si Cuauhtémoc hubiera mostrado humildad ante sus torturadores? Nunca habría alcanzado su lugar como uno de los héroes de la historia mexicana… y latinoamericana.
¿No se mostró arrogante Nuestro Señor Don Quijote (personaje más real que millones de hombres) con las almas mezquinas que encontró en sus travesías? ¡Cuántas veces en los anales del mundo un soberbio momento de Soberbia ha quedado grabado con buril en las densas páginas del pasado y del presente!…

II – Contra la AVARICIA, generosidad.

Dice de la Avaricia el diccionario: “Afán desordenado de poseer riquezas para atesorarlas.” Bien. Pero si las riquezas que atesora alguien son, por ejemplo, sus libros, y sus grabaciones de gran música, y sus cuadros magníficos, y sus objetos de suma belleza, y sus telas acariciadoras de la piel, y la fragancia de sus flores, y los aromas de sus perfumes, y la colección de raras especias en su despensa –bienes más valiosos que todas las monedas del mundo-… ¿por qué habría, generosamente, de obsequiar sus riquezas, o parte de ellas, a alguien que probablemente está imposibilitado para regocijarse con esos tesoros, desde el momento en que son ineludibles para ello determinada conformación espiritual, cierta edad y un refinado conocimiento de las cosas?
Es necesario ser avaro con algunos fundamentos inapreciables de la vida… Se debe ser cicatero, por ejemplo, con las luminosidades que nos regala a manos llenas el amor; con el agua que le damos a un animal querido; con las lágrimas que brotan con el advenimiento de un mal inmenso…

III – Contra la GULA, templanza.

¿De qué manera comer sin cerrar los ojos de gozo cuando los bastimentos que la Naturaleza tiene a bien concedernos (es una deficiencia humana convertirlos en dinero) son deliciosos en sí, y exquisita la imaginación de quien los recoge, prepara y dispone en un plato, o en una copa los que se beben?
Ante una fuente de cristal aunamos los dientes en el conglomerado del principesco caviar… y cuatrocientas esferitas estallan en las aguas.
Aldeanas lentejas campean en una olla de barro cuando las llevamos a la boca… y se derrama por doquier la intimidad de la tierra.
Porque para ser un entusiasta pecador, una fascinante pecadora, es necesario deleitarse en igual medida con las lentejas y con el caviar. Es decir: estas huevas tienen un determinado sabor; aquellas semillas tienen otro determinado sabor. Lo importante es extraer con la misma diferente intensidad el placer emanado de ambas substancias. Recordando el alcance del cerebro en nuestra conducta, es preciso situarse mentalmente en los diversos paisajes del arte de comer. ¡De comer, no de alimentarse!
Nuestro planeta puso igual cuidado y experimentó el mismo entusiasmo al crear los esturiones y las leguminosas. Quien no lo piense y no lo sienta de tal forma; quien no tenga un punto de vista universal de las cosas; quien no envíe lejos de sí a la templanza, no podrá gozar nunca del sibaritismo. No podrá entrar jamás, devoto, al templo de la Gula.
Amar sin prudencia los sabores que nos procuran los valles y las serranías; los mares, lagos y ríos; y el cielo, esa gran copa invertida de vino azul, es rendir un culto panteísta a sus hacedores…

IV – Contra la LUJURIA, castidad.

¡Cómo! ¿Privarnos de la Lujuria? ¡Pero eso es una locura! Sería como arrojar fuera de nosotros a la Naturaleza, madre nuestra; como negarla, despreciarla, odiarla… Es uno de los mayores disparates engendrados por mentes humanas. Es convertir la carnalidad en un pecado, cuando el pecado gravita, precisamente, en convertir en pecado la carnalidad.
Algo evidente: Además de las delicias que nos provoca, sin ella los animales todos hubiésemos sido inconcebibles sobre la haz de la Tierra. La castidad es tan absurda que contra ella se manifiestan Schiller y Beethoven, cuando el primero escribió unos versos que el segundo eligió para ser cantados en el cuarto movimiento de su Sinfonía Novena. En cierto momento el coro, celebrándolo, dice: “Al gusano se le concedió la voluptuosidad.” La cita es muy breve, pero no puede ser más expresiva.
Por su parte, la Biblia, la celebérrima Biblia, que en innumerables folios plasma un seductor proscenio colmado de escenas de injusticias, inverosimilitudes, mezquindades, matanzas, enigmas, anatemas, extravagancias y profecías malogradas… posee un conglomerado de páginas que son una delicia: “El Cantar de los Cantares”. Perteneciente al legado de la gran poesía erótica, es un canto profano atribuido al Rey Salomón, que celebra (aunque las autoridades religiosas opinen lo contrario) los amores terrenales de un pastor y una bella pastora sulamita.
Desearíamos transcribir, íntegro, este texto apasionado. Evidentemente no es posible aquí. Exhortamos entonces a procurarse una Biblia para disfrutarlo, completo, ojalá en compañía. En compañía humana, que no dogmática.
Ello nos asegura, una vez más, que la mejor ocurrencia que puedan tener una mujer y un hombre es encaminarse, juntos, a un lecho…

V – Contra la PEREZA, diligencia.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.

WALT WHITMAN – Traducción de León Felipe.

Tenemos que aceptar que la Pereza es comanditaria del ocio. Ausente la Pereza, nos habría sido imposible el invento del ocio, uno de nuestros más importantes hallazgos desde el punto de vista puramente humanístico, porque es el padre de la imaginación, de los sueños, de la creación.
Lo sintieron los inmensos artistas del pasado ante el peligro de dedicarse a un oficio útil en una factoría, en una oficina, en un negociado cualquiera, consagrándose entonces al ocio cultivado –naturalmente- que les proporcionó el tiempo, el silencio y la armonía in-terna esenciales para pergeñar sus obras, bosquejarlas, consolidarlas y trasladarlas al lienzo, al pentagrama, a los planos, a las letras o al modelado. De aquí se desprende que si la diligencia hubiera extinguido aquella chispa de Pereza que desencadenó el vagar del alma que dio linaje al arte, nuestras vidas carecerían de ella, convirtiéndose en algo innecesario y repugnante.
Nuestra existencia es fugaz. Entonces, ¿por qué no entregarnos a la holgazanería, estirados en una hamaca frente al mar, bostezando de molicie, con el objeto admirable de sentir la delicia de la ausencia del trabajo que nos permitirá escuchar con transparencia la música de las olas, del viento y las voces de las aves oceánicas? ¡Hay que saber ser vagabundo!
“Dolce far niente.”
Locución italiana: (Dulce no hacer nada).
Se argüirá que el ocio precipita en el hambre. Pero Ernesto Cardenal responde: “Los animales son pobres y lo tienen todo.”
“La condición ‘sine qua non’ de la perfección es la ociosidad”, escribe Oscar Wilde, autor además de El crítico como artista, delicioso ensayo que ostenta un subtítulo: “Con algunas observaciones sobre la importancia de no hacer nada.” ¡Leedlo!…

VI – Contra la ENVIDIA, caridad.

Como cualquier pasión, la Envidia muestra tantas facetas como reflejos en un laberinto de espejos, aunque cada imagen es dueña de algo que la hace única.
Una mujer ‘poco agraciada por Natura’ (llamémosla Feúxa) se encuentra en la calle con una desconocida diseñada de pies a cabeza por Praxíteles. ¿Qué puede sentir la joven? Pues Envidia y nada más que Envidia. ¿Caridad? Imposible.
¿Y cuál sería un probable desarrollo de la situación? Pues que Feúxa, antes de todo, se obligará a perder peso (o a ganarlo, eso depende de la imaginación de quien lea). Luego irá a un salón de belleza donde le desenmarañarán el pelo para convertirlo en una cascada de destellos azules en el negro; le purificarán el cutis para contrastarlo con la cabellera; con un sabio maquillaje le poetizarán los ojos y sus tonalidades; harán de sus labios dos pétalos vehementes; y la piel de su cuerpo, gracias a ungüentos íntimos, maravillosos y secretos, será convertida en una bandera flameando en el deseo.
Ahora Feúxa cree, con mucha razón, que el nombre que le han colocado es impropio. La muchacha ha acudido al Registro Civil y ha escogido otro apelativo. Hoy se hace llamar Ánfora. Bello, ¿verdad?
Observemos que la Envidia, un “sentimiento en el cual existe dolor por no poseer lo que tiene otro” (u otra, en este caso), le permitió a Feúxa dejar de serlo. Hoy Ánfora es una mujer que embellece las calles de la ciudad, con el consiguiente placer para los transeúntes. Gracias a que la caridad no jugó aquí ningún papel…

VII – Contra la IRA, paciencia.

¿Pero es posible la paciencia cuando recorren los campos del mundo, juntas, la tontería y la maldad? ¡Porque siempre caminan estrecha y torpemente unidas! (Este vínculo ya lo señaló con claridad –como solía hacerlo respecto de cualquier tema- don Miguel de Unamuno.)
Claro que no todos los tontos se muestran malvados, aunque son fácilmente conducidos al siniestro país de la perversidad. Acerca de este fenómeno la Historia registra mil conocidísimos ejemplos… y miles y miles menos evidentes, y miles y miles y miles que por siempre serán ignorados.
La Ira es fundamental para ajusticiar a un auténtico malhechor, para derrocar a un déspota, para liberar a un pueblo de un país opresor… Porque dar la vida por un ideal supone la cólera hacia la ignominia.
Buscar la belleza es indignarse con la fealdad.
El fecundo silencio abomina del estrépito.
Es necesario detestar la mala música.
¿No sublevarse contra quien convierte un paisaje en una agonía de fábricas? ¿No es necesario odiar a quien prende fuego a un bosque? ¿Y a un torturador? ¿Y a quien destruye el candor de un niño?
¡Furia eterna contra los engendradores de armas!
La Ira es una virtud en infinidad de circunstancias…

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