Abrázame como antes o el discreto encanto de lo trans

Luego de siete años de trabajo intenso, de cambios de rumbo y decisiones acertadas, Abrázame como antes, la más reciente película del cineasta Jürgen Ureña

Luego de siete años de trabajo intenso, de cambios de rumbo y decisiones acertadas, Abrázame como antes, la más reciente película del cineasta costarricense Jürgen Ureña, fue estrenada en el marco del Festival Internacional de Cine (Costa Rica, 10 de diciembre 2016), en el cual resultó ganadora del premio a Mejor película centroamericana y costarricense. Considero que una de las decisiones acertadas del director fue la elección de un elenco formado por mujeres trans que aporta una frescura no carente de profundidad a las actuaciones de los personajes centrales e incluso secundarios y que hace del filme una propuesta original.

El guion es una adaptación libre, en el cual se han cambiado los nombres de los protagonistas, de una de las historias que narra la novela Candelaria del azar (2010) de la escritora chilena/costarricense Tatiana Lobo. Celebro que el jurado haya decidido darle el premio a un filme importante para el medio costarricense y centroamericano por varias razones. La primera que se puede destacar es su contribución a la tarea necesaria de despatologizar el mundo trans (transexual, transgénero), tarea que Ureña alcanza mediante la puesta en marcha de los recursos técnicos y estéticos ofrecidos por el lenguaje cinematográfico. El principal objetivo de la despatologización de lo trans es desmantelar un sistema constituido por un conjunto de saberes (medicina, bioética, derecho, psiquiatría) que afirma que hay un único modo saludable de encarnar el género, de tal modo que las otras formas son consideradas enfermas, patológicas o monstruosas. En este sentido, el filme de Ureña es una obra política abierta a la diversidad genérica, que no cae nunca en el panfleto pues sus planteamientos ideológicos son siempre elaborados desde una propuesta estética integral. Se alcanza lo político por la vía estética.

Abrázame como antes se ubica en la senda abierta por otros cineastas como el director manchego Pedro Almodóvar (La ley del deseo 1987, Todo sobre mi madre 1999) o la cineasta argentina Lucía Puenzo (XXY, 2007), quienes han imaginado mundos posibles y cuerpos viables para las identidades que no se adaptan a la regla heteronormativa. Sin embargo, la película de Ureña difiere de estas experiencias anteriores, que han utilizado el melodrama en el caso de Almodóvar y el drama en el caso de Puenzo, en el tono emocional elegido para narrar la historia. El cineasta costarricense nos ofrece un relato sobrio de la vida cotidiana de unos personajes solitarios, pobres pero generosos, que habitan en zonas céntricas de la ciudad de San José. Aunque hay largas secuencias en silencio, la música tiene un papel relevante ya que incluso el título del filme hace referencia a una canción de amor.

La película se desarrolla en tres espacios bien delimitados: el interior de una casa, un bar transgénero y la ciudad de San José filmada de noche. A partir de estos tres lugares la narración va develando con lentitud el discreto encanto de un mundo trans, no exento de problemas, normalmente oculto a la mirada heterocentrada. En ningún momento las protagonistas son retratadas como seres enfermos o anormales que merezcan nuestra compasión, lugar común que caracteriza ciertos discursos que se autodenominan “tolerantes”, que miran  desde arriba a quienes supuestamente padecen un defecto o un mal.

Por el contrario, quizás uno de los mayores logros del filme haya sido ubicar los cuerpos y los personajes transgénero en el lugar del objeto de deseo de las y los espectadores, obligándoles de este modo a revisar, aunque sea de manera inconsciente, la comodidad de su propia adscripción sexo/genérica. Aunque la película haya podido herir la sensibilidad de algún espectador (de hecho alguien se salió del cine el día del estreno) la respuesta del público fue un emotivo aplauso masivo.

Lejos de cualquier tipo de mirada voyeur, la característica sobresaliente del uso de la cámara y otros recursos fílmicos como el tratamiento del color es la sutileza, marca estética que contrasta con las representaciones habituales y estereotipadas de los cuerpos trans como exagerados e incluso estridentes. A contracorriente de los retratos comunes de este tipo de subjetividad, la cámara de Ureña mantiene un equilibrio delicado entre primeros planos y tomas abiertas,  guiada por una mirada tierna e incluso amorosa de los personajes que, libres de toda connotación morbosa, despliegan de manera fluida su sensualidad. Aunque los protagonistas trans no son idealizados, sí resultan amables y atractivos desde una mirada que no juzga jamás sus comportamientos, vestimenta o actitudes.

Resulta difícil imaginar una estrategia más subversiva de resistir a los discursos que hacen de la existencia trans una patología, que la elaboración poética de las vidas de los personajes que propone el filme. Esta poética comienza desde el trabajo evocador con los nombres propios de las protagonistas: Verónica, nombre provocador que significa imagen verdadera y se asocia con las imágenes de Cristo, o Gretta, que en otro registro nos trae a la memoria el erotismo andrógino de Gretta Garbo. Creo que es posible tomar prestadas las palabras del filosofó y activista argentino Maura Cabral a propósito de XXY para describir el filme de Jürgen Ureña: “(la película) no relata un diagnóstico, no pone un ejemplo, no ilustra un manual, no da una receta, no prescribe un tratamiento, no reparte volantes de un grupo de autoayuda, no pide solidaridad, no ofrece piedad, no hace que valga la pena, no dice qué pasa, no dice qué hacer. Cuenta una Historia” (Mauro Cabral, No saber acerca de XXY).

En este sentido, cabe resaltar la importancia de que Abrázame como antes sea una  ficción y abra la posibilidad de representar una poética de la transexualidad, es decir, la metaforización de la experiencia transexual, evitando la concepción monstruosa y burlesca que se hace habitualmente de los cuerpos considerados ambiguos y, por lo tanto, desviados. Esta poética nos permite a todos, como individuos y como colectividad, soñar cuerpos distintos, habitarlos de manera novedosa sin convertirlos en un caso clínico, es decir, despatologizarlos. Desde que la película existe las vidas trans de los costarricenses y centroamericanos cuentan con un referente que pueden utilizar pues les ofrece figuras de identificación que no están desvalorizadas ni marcadas negativamente. Quizás uno de los mayores elogios que se le puede hacer a una obra de arte es decir que modifica de algún modo el mundo en que vivimos. Creo que desde que Abrázame como antes está allí, y el público puede ir a verla, enojarse o emocionarse, nuestro espacio cultural se ha convertido en un lugar más hospitalario.

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