Partidos políticos: reprochados y reproducidos

Un repaso histórico: en la primera elección después de la Guerra del 48 participaron cuatro partidos y en la próxima podrían hacerlo casi 50.

Un repaso histórico: en la primera elección después de la Guerra del 48 participaron cuatro partidos y en la próxima podrían hacerlo casi 50. Parece una paradoja frente al dato sobre el creciente descrédito de las fuerzas políticas.

P-66-Gráfico-Alvaro-2La proliferación de partidos políticos en Costa Rica podría hacer que en las elecciones del 2018 haya 53 agrupaciones en competencia, a pesar del rechazo progresivo de la población que reflejan todas las encuestas de opinión.

Parece una sentencia ruda, pero así es la paradoja: en momentos de la peor fama de los partidos políticos, más agrupaciones de estas nacen, crecen, se reproducen y casi ninguno muere.

Los 60 puestos en disputa el 4 de febrero de 2018 (presidencia, dos vicepresidencias y 57 diputaciones) se quedarán cortos para la demanda de las agrupaciones, pues hay 25 nuevas en proceso de inscripción que se sumarían a las 28 habilitadas para participar.

Podrán hacerlo partidos de escala nacional y provincial. De ellos hay 16 del primer tipo y 12 del segundo, ya inscritos, que se sumarían a los 5 y 20 en fase de constitución o en espera del ok de parte del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

El 2018 podría superar los registros históricos y confirmar la tendencia contradictoria de crear más partidos cuando menos prestigio tiene esta figura, pues la valoración de las agrupaciones como institución están por debajo incluso de la Asamblea Legislativa.

Son lo peor del sistema político en la opinión ciudadana, según la encuesta más reciente del Centro Investigación de Estudios Políticos (CIEP), de la UCR.

Por eso solo 27 de cada cien ciudadanos declara alguna simpatía con un partido, según el estudio. La cifra es aún menos si se considera a la población con estudios universitarios o los menores de 24 años.

Los números nunca habían sido peores para los partidos políticos y, aun así, nunca antes se han fundado tantos, sin contar a las agrupaciones de cantonales que pelearon en los comicios de febrero del 2016 (ahora hay 57 fuerzas cantonales vigentes ante el TSE).

La línea de crecimiento en cantidad de partidos participantes se observa con claridad tras una revisión hecha por UNIVERSIDAD sobre los datos de todas las elecciones durante la Segunda República (16 comicios generales desde 1953).

La cantidad más baja de agrupaciones se presentó en ese año, el primer proceso después de la Guerra Civil de 1948, con solo 4 partidos disputándose el Ejecutivo y el Legislativo. El mayor número lo tuvimos en 2006, con 27 partidos deseosos de llegar a Zapote o Cuesta de Moras (y 19 de ellos no llegaron a ningún lado).

Esta era constitucional se puede dividir en tres partes, pues desde el 53 participaban menos de 10 partidos. Entre el 74 y el 94 (fase dura del bipartidismo) la cifra osciló entre 12 y 16. Después, a partir de los comicios del 98, el caudal de participantes superó las dos decenas y ahí nos hemos movido ahora que somos un país de alta fragmentación dentro de la poca simpatía por los partidos.

Esto hace que también aumente el número de partidos que vuelven a sus trincheras con las manos vacías. Mientras que en 1953 solo uno se fue en blanco, desde el 78 esta categoría superó la decena y en este siglo ha rozado la veintena.

Los partidos políticos, sin embargo, no crecen solos. Mucho más ha crecido la población y, por tanto, el padrón electoral. Por eso la relación partidos-electores más bien se ha reducido. En 2014 hubo 146.586 ciudadanos por cada partido competidor. La menor relación se dio en el 58, con 44.347 electores por partido.

Esta relación se disparó en 1986, por encima de los 100.000, pues para ese momento alcanzaron la mayoría de edad los nacidos en la década de los 60.

La explicación de la multiplicación de partidos basada en el crecimiento poblacional, sin embargo, se queda corta, explica Rotsay Rosales, catedrático de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR. Señala que los países de tradición bipartidista lo han sido a pesar de las fluctuaciones demográficas.

Las razones van más por lo cualitativo. Se ha producido un desalineamiento ciudadano con los partidos tradicionales y una demanda por abordajes más particulares y menos masivos. De ahí el surgimiento de agrupaciones sectoriales como feministas, discapacitados, transportistas, adultos mayores o los evangélicos.

“La ciudadanía y sociedad costarricense es cada vez más variada, disímil y hasta contradictoria. Ante eso surgen opciones especializadas en temas o segmentos de la población”, explica Rosales.

Se presenta así la figura de los movimientos-partido; es decir, colectivos interesados en un tema que se organizan para llevar su agenda a la vida política mediante la única manera en que la ley costarricense lo permite: a bordo de un partido político.

En otros países se permiten figuras alternativas, pero no en Costa Rica, donde hay incluso partidos-franquicia, esos que no compiten de manera directa sino que se ofrecen como plataforma para terceros. Hubo varios casos en las elecciones municipales.

Entre los sectoriales, los “franquicia” y los ideológicos, o los tradicionales grandes que pueden cumplir también esas funciones, los partidos forman una oferta amplia para los electores. Ahí están para cuando quieran.

¿Es esto una buena noticia? Quizás sí, si se aplicara la lógica del mercado de que más opciones es lo mejor. Los perjuicios para la gobernabilidad o la consecución de acuerdos ya sería un tema aparte, advirtió Rosales.

“Lo cierto es que la ciudadanía se alejas más de los partidos. Ya no existen partidos grandes, como podríamos considerar a que los sistemáticamente obtienen un 30% del electorado. Ya ni siquiera el PLN (único infaltable desde 1953). Esto es una competencia de enanos frente a un gigante, que es el grupo de ciudadanos que se alejan de los partidos y que se manifiestan en el abstencionismo”, añadió.

En tiempos recientes se abrieron más los portones para la creación de partidos, pues la Sala Constitucional eliminó el requisito de asambleas distritales, con lo cual el proceso de formación de una fuerza política se inicia en el nivel de los cantones, después en el provincial y por último en el nivel nacional, cuando sea el caso.

 

 

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