El narcoestado transnacional y la complicidad ciudadana

El Director de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) de Costa Rica, en un reportaje de prensa escrita publicado el año 2014 d.C,

El Director de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) de Costa Rica, en un reportaje de prensa escrita publicado el año 2014 d.C, ha dicho que en Costa Rica se lavan anualmente unos 4.000 y tantos millones de dólares, una suma muy alta para la economía improductiva y productiva del país. Para que recordemos el concepto, lavar dinero es lo mismo que legitimar capitales sucios convirtiéndolos en limpios o legales y con ello moverlos, invertirlos y disfrutarlos como la ganancia bien obtenida por trabajo como inversionista o empresarial.

Los bancos son bancos, tienen ciertas normas y controles que les exige la ley, pero el conocimiento y poder de la delincuencia internacional y nacional, sus tentáculos de corrupción y su éxito notable, han superado cualquier expectativa de ley, porque estas personas y organizaciones mafiosas tienen una habilísima inteligencia para delinquir, aliados con asesorías profesionales de última generación para brincarse muros físicos y fronteras legales, las constituciones, leyes y reglamentos nacionales en aquellos países que creen que con ser estados de derecho están protegidos con discursos de figuración pública. La realidad es otra.

Los hechos que se divulgan a nivel público no dejan lugar a dudas, las mafias se apoderan de cualquier espacio, se ligan con testaferros de todo tipo, abogados, contadores, sociedades, asociaciones fantasmas, empresarios, industriales, un largo etcétera de dobles y triples contabilidades, de hilos controlados por manos de seda extremadamente profesionales desde cualquier punto de la geografía planetaria.

¿Y los Estados? Muchos enredan su discurso por el dato duro de que su inoperancia beneficia con un lavado promedio del 35% de dineros de todo el bajo inframundo, siendo el mundo corporativo y especulativo el de mayor lavado, con la industria inmobiliaria en lugar nada despreciable. Pero esa receta no  es tan exacta, porque se fue haciendo muy visible y lo que se requiere es lo contrario, pasar como el viento sin temperaturas extremas y levantar ganancias bien empacadas. Se une a sus artimañas el fraude fiscal, el dinero no declarado de personas físicas y jurídicas, siendo el caudal de robo tan grande como lo que se recauda, una corriente que se mira, externa, y una sumergida que fluye como lava y perfume de caricias amorosas.

El asunto se vuelve más grave cuando el propio estado es narcomafioso, sus leyes son un espejismo de facilidades al delincuente, su refrito filológico es alargar un problema de desbalance ciudadano porque entre sus atestados de ley se resguarda el poder entre sus políticos, banqueros, empresarios, industriales, sindicatos y asociaciones de poder, personas y grupos organizados que buscan el beneficio a sus arcas económicas, y si los jueces son flojos, sacan a los delincuentes de la cárcel para que se vayan a dormir a su casa, pero es la casa y los bienes de la ciudadanía quienes duermen entre rejas, la cosa pinta de asesinato.

Mucho ha cambiado y sigue moviéndose en la lengua, que no es estática, evoluciona al igual que lo hace la sociedad incorporando nuevos signos y definiciones de acuerdo a la época, pero no puede ofrecer destino sino diccionario, porque el de la práctica de vida –o de muerte, la promueven los estados y quienes forman sus componentes sociales, algunos decididamente beneficiados de la impunidad fabricada por las leyes.

Nadie que se dedique a la actividad criminal está interesado en la ciudadanía, sino en delinquir con sus fuentes de beneficios, de tal manera que el narcoestado nacional y transnacional amplía su transgresión al permitir y procurar todo tipo de acto ilícito, independiente de la ideología política y del humanismo.

¿Qué hacer? Lo más fácil es afirmar que la guerra está perdida. Lo más difícil es tomar la decisión de aceptar que la humanidad siga su curso, sea cual sea el resultado final. Lo terrible es que siempre seremos cómplices y nos enterrarían de primero.

La pregunta clave nos lleva a enfrentarnos a nosotros mismos como personas y ciudadanía, si queremos seguir siendo actores directos y cómplices del narcoestado criminal, con nuestra pasividad o acción calculada.

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