El “Homo conviviens” y la guerra

Napoleón invadió a Rusia con setecientos mil hombres y volvió con unos pocos miles que resistieron balas, frío y hambre.

Napoleón invadió a Rusia con setecientos mil hombres y volvió con unos pocos miles que resistieron balas, frío y hambre. Entre esos pocos estaba el pequeño demonio francés, ¡ileso y más obeso!

Tal retaguardia dirigente, arrogante y cobarde, ha sido constante en todas las guerras hasta hoy. Élites que observan cómo cae abatida y se vuelve carroña su carne de cañón, y se jactan  blasfemando: “¡Gracias a Dios y a la Patria tenemos provisión de material humano!”. Para los hijos con hambre del soldado muerto, para su pareja o sus padres, ese “material” es algo inestimable que la guerra les agota para siempre.

La carne de cañón barata, empujada al frente, es conducida mediante el engaño, a considerar honroso y digno el más horrendo crimen, asesinar intencionalmente a sus semejantes, y es aún más vil cuando es contra la población civil.

Los pastores de todas las iglesias también inician la “fiesta” invocando deidades, demonios y bendiciendo a sus huestes para matar sin piedad. Lo hacen satisfaciéndose en burlar la “regla de oro de la convivencia”, según la cual debemos tratar a los demás como deseamos ser tratados.

Hollywood es la mejor propaganda de la guerra: Héroes que pulverizan tropas en segundos, modelos feminoides de pasarela salvando el planeta y toda esa basura que nos venden muy cara día con día. Si cambiamos el canal aparece el vergonzoso pero rutilante y perfumado prostíbulo de la ONU, repleto de petulantes que dicen representar al mundo, en otra orgía, incitando más guerras y miseria.

El cuadro real de la guerra, el hambre, los charcos de sangre, las necrosis, amputaciones y muerte, huelen muy diferente a esas farsas americanas que pretenden hacer ver a sus asesinos como ángeles guardianes. Basta una mirada al Medio Oriente:

Allí nadie sabe quién es el enemigo, no hay patrias, solo potencias extrañas haciendo su macabro festín de petróleo, sangre y demolición para ejercitar sus tropas de autómatas, sin conciencia ni Dios, por una medalla, un sueldo y una mentira. Los generales invasores, jaibol en mano, con su hatajo de serviles mirando pantallas para calificar el curso de la matanza de inocentes, desde la seguridad marica de su cuartel o en su propio país.

“Humanizar la guerra” es aún más hipócrita y vil que incitarla. No hay otra alternativa para el “homo conviviens” que su abolición total, lo cual solo se logra mediante la desobediencia civil y la no colaboración con el poder político – económico – religioso.

Vivimos un eterno antagonismo entre nuestra conciencia y nuestra forma de vida; antagonismo que solo se supera adaptando esta a aquella, de tal manera que la conciencia coincida con la acción. Nuestra actitud más común es, sin embargo, la contraria, tratar de adaptar la conciencia a nuestra conducta, envileciéndola para que acepte los desmanes y maldades de esta última.

El “Homo conviviens” es la nueva “especie” que empieza a acatar aquella regla de oro que el “Homo sapiens – aggressivus” formuló pero jamás practicó. Es el que podría quizá salvar al mundo. No hay otra alternativa que una convivencia digna, libre, pacífica, solidaria y de apoyo mutuo. Todo el que así la practica es “Homo conviviens”. Hay, y ha habido, muchos, uno de los más ilustres fue el gran genio ruso Tolstoi, quien dijo:

“¡Despertad, hermanos míos. No escuchéis a los miserables que os contaminan desde la infancia del espíritu diabólico del patriotismo, cuyo fin es despojar vuestros bienes, dignidad y libertad. No escuchéis a los sobornadores con hábito religioso que predican la guerra en nombre de Dios, de un dios cruel y vindicativo que es propiedad de ellos, pues ellos lo han inventado. No creáis a ninguno. Fiaos solo de vuestra conciencia, que os dice que no sois animales o esclavos, sino hombres libres, responsables de vuestros actos y no podéis convertiros en asesinos!”

Está en el “Homo conviviens”

nuestra última esperanza

de frenar esta matanza

para salvar al planeta.

¡Será siempre nuestra meta

no deshonrar su enseñanza!

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