La amenaza de Trump

Los Estados Unidos es un país que se ha alimentado de la opresión, empezando con la llegada de los peregrinos en el Mayflower

Los Estados Unidos es un país que se ha alimentado de la opresión, empezando con la llegada de los peregrinos en el Mayflower y, hasta el día de hoy, con su trato descarnado de inmigrantes y minorías, la tradición estadounidense es la de subyugar al otro. No es entonces sorpresivo pensar que hace menos de 60 años las personas negras todavía no tenían derechos civiles y humanos básicos como el voto, el libre tránsito o el acceso a un trato igualitario; eran discriminados en lo laboral de manera directa y por la estructura de poder en lo económico y educativo.

Después de luchas encarnadas donde personajes históricos como Martin Luther King Jr. y Malcolm X fueron asesinados por sus convicciones, se lograron avances importantes en el camino hacia la igualdad y con la llegada de Barack Obama al poder se pensó inclusive que entrábamos a una época post-racial, donde la equidad se había finalmente logrado. Sin embargo, la sorpresa que nos llevamos muchos fue que los odios históricos de la mayoría blanca, aunados al avance y reconocimiento de los derechos humanos de las minorías y una situación económica aparentemente desfavorecedora para las clases obreras blancas degeneraron en un fenómeno populista liderado por Donald Trump ante las elecciones presidenciales del 2016.

Donald Trump, un hombre de negocios medianamente exitoso, con nulo conocimiento de política y un mensaje divisorio que prometía “Hacer a América grande otra vez”, convenció a un alto porcentaje de votantes blancos, conservadores y antiderechos, que se negaron por ocho años a ver los avances en políticas públicas de la administración Obama como beneficiosos; gente que equiparaba el otorgamiento de derechos a otros como un pérdida personal y por tanto querían un cambio radical. Ese cambio, sin duda alguna, una reacción a la negritud de quien los dirigió.

Era clara, para cualquier persona medianamente inteligente y con capacidad de análisis la falsedad de las promesas y afirmaciones de Trump durante la campaña. Su trato discriminatorio e irrespetuoso hacia mujeres, minorías étnicas, raciales, religiosas, población con discapacidad e inclusive gobiernos extranjeros fueron ignorados y la población de votantes blancos le concedieron el anhelado triunfo (52% de mujeres blancas y 63% de hombres blancos votaron por Donald Trump, según el Pew Institute).

El 9 de noviembre del 2016 llegué a mi trabajo, en el departamento de Recursos Humanos de una compañía trasnacional con sede en Estados Unidos, y las caras de mis pares eran de asombro y miedo. Todos y todas estábamos sin palabras. No podíamos creer que Donald Trump hubiera ganado las elecciones presidenciales contra una candidata más competente. Nos preocupamos y no sabíamos que significaba esto para nuestro futuro y nuestra estabilidad laboral. Para mí, como mujer negra, feminista y activista política, significaba mucho más.

Las consecuencias de esta elección pasan por todos los aspectos de mi vida, lo laboral y financiero; lo personal, lo político.  Para mí, que un racista, sexista, homófobo y xenófobo obtuviera el poder de una de las naciones más influyentes del mundo significa  la posibilidad de perder, ante los ojos de muchos, mi humanidad.

Cuando una es negra sabe que tiene que trabajar el doble para recibir la mitad del reconocimiento. Se acostumbra a que otras personas duden de su valor y  conocimiento. Entiende que debe estar alerta ante posibles agresiones, directas o veladas. Es decir, tiene que aprender a sobrellevar el peso del racismo, todos los días. Con el paso del tiempo y dependiendo de la situación política en el mundo, estas preocupaciones se acrecientan o disminuyen, conforme se evidencia el rumbo de la administración Trump, mis preocupaciones aumentan.

En el pasado, ya me he enfrentado tanto en Estados Unidos como en Costa Rica, con actitudes abiertamente racistas y sexistas, desde el oficial de seguridad que me persigue por la tienda, el compañero que me recuerda que debo tomar las notas por ser la única mujer en la reunión, hasta los jefes que me dicen que no tengo el look gerencial, para negarme oportunidades de crecimiento. Todos estos, ejemplos de la lucha constante por ser valorada por mis logros y no subestimada por mi raza o género.

Aun así, siempre pensé que estos casos eran los menos; que existía un sistema y una mayoría de personas que entendían que generar políticas discriminatorias era incorrecto, ya fuera por vergüenza o convicción. Ahora, todo esto ha cambiado. Ahora las personas parecen tener carte blanche para expresar y actuar de la manera más racista posible; parece que la verdad no es importante y estas conductas se empiezan a evidenciar en nuestro país también. Candidatos políticos que mienten sobre los efectos de la inmigración nicaragüense con un tinte totalmente xenófobo o diputados que hacen comentarios racistas y sexistas en redes sociales; todo esto con el apoyo de una parte importante de la población, me hacen pensar que lo que pasa hoy en Estados Unidos, puede pasar aquí en menos de un año.

El gobierno de Donald Trump y sus decisiones de política pública, interna y exterior han puesto en peligro mi vida y la de otras personas como yo al negar o boicotear el  acceso a la educación, salud, refugio y seguridad para quienes viven, intentan migrar o tienen alguna relación con este país. Al contratar en su gabinete a personas abiertamente racistas, con falta de conocimiento en seguridad nacional, quienes niegan el cambio climático o muestran total desinterés por los humanos, especialmente los sexuales y reproductivos, pone en riesgo al mundo entero y han llevado al poder al estereotipo del estadounidense ignorante, racista; el llamado redneck, gente con limitada educación que se ufana de su poco conocimiento pero que cree que quien sea diferente es inferior y no merece respeto.

Al final del día, mi mayor preocupación es mi seguridad personal. Aunque no estoy en los Estados Unidos ni pienso emigrar allá, lo que pase en ese país me afecta directamente; me genera incertidumbre y miedo. Miedo a que me detengan si debo viajar allá por trabajo. Miedo a que mi libertad de expresión sea coartada, que mis opiniones sobre su régimen sean usadas en mi contra y pierda mi trabajo o la posibilidad de continuar con mi activismo político en favor de los derechos humanos. Miedo a que la familia y los amigos sean deportados, encarcelados o lastimados por el régimen autoritario que se está formando. Pero sobre todo miedo a que en Costa Rica nos veamos ante la misma situación.

Ante toda esta inseguridad la única opción es continuar resistiendo, denunciando e incidiendo. No podemos  ser indiferentes, no podemos solo denunciar el racismo, tenemos que ser abiertamente anti-racistas. Debemos alzar la voz ante cualquier injusticia local o extranjera.

* Pamela Cunningham es profesional en Recursos Humanos, con estudios en Comercio y Relaciones Internacionales. Es activista afrofeminista, forma parte de la Colectiva por el Derecho a Decidir y es fundadora de la Colectiva Afro Feminista Costa Rica Afro. Su trabajo se concentra en la incidencia política a través de la educación y el debate en temas de derechos humanos, racismo y feminismo. Ha participado como expositora en diferentes cursos universitarios, radio, televisión y prensa escrita. 

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