Humorizando…

En la antigua Grecia, se creía que el cuerpo humano contenía cuatro líquidos o humores básicos, vinculados, a su vez, con los cuatro elementos

En la antigua Grecia, se creía que el cuerpo humano contenía cuatro líquidos o humores básicos, que estaban vinculados, a su vez, con los cuatro viejos elementos: aire, fuego, tierra y agua. Esos líquidos o humores eran, respectivamente, sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema.

Cuando en el cuerpo de una persona los cuatros líquidos estaban balanceados, se decía que se encontraba “de buen humor”. Entre el humor y el dolor hay, pues, solamente palabras. Pero las palabras, dichas con buen humor, o chorreando la bilis, no solamente son poderosas, sino que pueden ser peligrosas.

En los mundos del conocimiento pre-científico –los del pasado y los del presente–, una palabra, o un conjunto de ellas, dichas en el orden preciso, puede producir acciones mágicas. Si no, pregunten al creyente que, de rodillas en el templo, pide: “¡Una palabra Tuya, bastará para sanarme!”. O al pueblo que, en la ceremonia de asunción del mando presidencial, espera escuchar el “¡Sí, juro!” del elegido… Aunque, esto último, ya nadie se lo cree, porque, en la experiencia del electorado, esa clase de profesión de fe se ha vuelto un chiste.

Sin embargo, en los mundos del conocimiento científico moderno, una palabra imprecisa o mal usada, también puede producir, de muchas maneras, consecuencias catastróficas. Para un gato metido en una caja, no es lo mismo decir “física newtoniana” que “física cuántica”, aunque siempre habrá un psicoanalista que sostenga que “¡quién sabe!”.

Es decir, que las palabras, usadas en serio o con sentido del humor, efectivamente, pueden tener consecuencias de sangre, de bilis negra, o amarilla, o de flema, no solo por lo que se dice; cómo se dice; y el contexto en que se dice; sino, por el modo como es recibido por el objeto de ese humor. Humorizar, es pues, un riesgo.

Por eso, en esta edición de Ideas & Debates reflexionamos sobre los usos y las consecuencias de eso que en nuestros tiempos llamamos, simplemente, humor.

Desde la experiencia de las redes sociales, fans del Semanario respondieron al sondeo que hicimos en nuestro sitio de Facebook acerca de la chota, esa forma de arremetida verbal costarricense. No le hicimos caso al único participante que, en vez de responder, nos ordenó que no abandonáramos la seriedad.

Pero la reflexión de  la comunicadora María Pérez Yglesias sobre humor y laicismo, a propósito de la masacre, cometida por fanáticos islamistas, contra la redacción del semanario francés Charlie Hebdo, se encarga de mostrar cuán serio es abordar este asunto; la experta Ana Sánchez Molina hace un recorrido por las diversas manifestaciones y usos del humor gráfico dentro y fuera de Costa Rica; el pensador Mauricio Molina Delgado  mesa las barbas, los bigotes y las narices de la filosofía; y Mariano Fernández Sáenz  explica la clase de broma que nos jugaron Freud y Lacan al legarnos el psicoanálisis. Por último, pero, no  menos importante, una entrevista con la feminista argelina Wassyla Tamzali, explica por qué el velo islámico que las mujeres son obligadas a llevar, no es ningún chiste.

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