El encadenamiento sin piedad de los eventos

En estos días insistentemente se me repite una frase de Freud, “el encadenamiento sin piedad de los eventos”.

En estos días insistentemente se me repite una frase de Freud, “el encadenamiento sin piedad de los eventos”. La encontré en su texto del amanecer del siglo pasado, el de la interpretación de los sueños, cuando hablaba sobre la pesadilla. Miro las implicaciones mortíferas de la repetición de los eventos y el eco fascista también se me repite: Hacer América grande sobre la destrucción, la expulsión y el habitar un mundo que no da lugar al otro. Fanatismo contra cualquiera que no crea en esta única meta. Leo y no quiero verme tentada por las delicias de las ilusiones, de la esperanza de un posible impeachment. No quiero irme por la emoción, ante estas personas que me despiertan toda la admiración y respeto por su lucha en las marchas, en el papel legal o en todos los medios. Quiero ensayar un poco, solo un poco, la pregunta: ¿y qué, si Donald Trump no termina echado? ¿Cuánto logrará? ¿Adónde llegará el odio, el racismo y el sexismo y el espectáculo de estupidez diaria? Entrar a esta pregunta y anudarla con la que nos repetimos permanentemente: ¿cómo la mitad de un pueblo migrante votó por una elección fascista? ¿Qué quiere decir hacer América grande? ¿Grande de qué? ¿De penes, de rubios, de muros, de consumo, de odio, de misoginia, de racismo, de petróleo?

Iniciemos el trayecto de ensayos de respuesta. Con Badiou (2016), reconozco que la elección fascista la realiza una subjetividad reactiva. Venganza, odio, ignorancia, sueños de grandeza, certezas sin pensamiento lógico predominan en esta elección, que nace más desde una herida que desde una reflexión. Este nuevo fascismo del siglo XXI es una propuesta de pulsión de muerte, aniquilación -destruir al otro para ser-. Se trata de una propuesta articulada a un lenguaje identitario: defensa del territorio, de la masculinidad hegemónica (arcaica, brutal, vulgar) de la superioridad de sangre, (miedo a la contaminación, mexicofobia, lationofobia, islamofobia). Aquellos que eligieron a Trump, ¿qué buscaban destruir?, y más importante aún, ¿qué buscaban sanar destruyendo? Me adentro a una verdad que coincide con el dolor, el dolor humano cuando cohabitación es aniquilación de la alteridad. Cuando toda diferencia es un monstruo a perseguir y a expulsar. Dolor por un mundo que se cae o se hunde a pedazos en la imposibilidad de convencer de que la única forma operable es la cohabitación entre las diferencias; de una humanidad que se pierde en la deshumanización de un capitalismo feroz.

¡Ah!, la gran preocupación de Trump es que su hija venderá menos ropa, joyas y zapatos de su marca en las más de 120 tiendas de la cadena Nordstrom o en otras tiendas. Y selecciona los siete países de predominio musulmán para no permitirles la entrada; pero, excluye los Emiratos Árabes y de Arabia Saudita, porque ahí el presidente de los Estados Unidos cuenta con empresas a su nombre. Las relaciones internacionales no son importantes, importa la rentabilidad. Estamos, como nos contextualiza Sauret (2015), atravesados por la religión de la economistificación. Si el cálculo no es incrementar las utilidades financieras, ¿a quién le puede importar el recurso hídrico de los indígenas, o ese invento que se llama cambio climático? ¡Que trae pérdidas y no ganancias! Bajo esta propuesta, nadie piensa, nos dice Sauret (2015); es la economía la que piensa y aquel que no piensa arriesga a transformarse en canalla.

Mientras escribo estas letras me brinca el rostro de Guadalupe detrás de la ventana de carro, estilo perrera, despidiéndose de sus hijos después de 21 años de vivir en Arizona. Y rememorando este rostro, se me viene la imagen de los ojos de infinita tristeza de Melanie Trump el día de la toma de posesión. ¡Cuántas humillaciones habrá tragado por estar del lado de su marido misógino! El grupo trump, en su perversión, se alimenta y se engrandece del llanto de los otros, “sus inferiores”.

Y para no abandonar y sostener este desfiladero de preguntas, recurro a leer a La conjura contra América de Philip Roth (2004), novela de historia alternativa con tantas semejanzas a nuestra época. A grandes rasgos se trata de un fascista, Charles Lindbergh, quien le gana la elección presidencial a Franklin Roosevelt, en 1940, y de las consecuencias de este hecho. Esta novela fue publicada en el 2004 y, más de 10 años después, toma una relación de especularidad con la realidad norteamericana. Un tirano llega a la silla presidencial y desde esta defiende el racismo. Los discursos de Lindbergh dicen: “nuestra herencia de sangre europea arriesga a diluirse con razas extranjeras, con la infiltración de sangre inferior”. Es prácticamente lo mismo que entendemos no solo en las palabras de Trump, sino también en sus actos; si se es mexicano o latino o musulmán se es “criminal”. La novela atrapa y trata de dar respuesta a cómo en los años cuarenta el presidente de Estados Unidos se une con Hitler, Mussolini e Hirohito para apropiarse del mundo. Con el paradigma de expulsar el mal, el judaísmo, en este caso. La novela de Roth es una pesadilla de la ficción, el mundo que vivimos es una pesadilla en la no ficción. Ambas realidades, la de Roth y la que presenciamos hoy, muestran un encadenamiento sin piedad de los eventos.

¿Por qué llegó un tirano a manejar los destinos de los Estados Unidos? ¿De qué síntoma social nos habla esta elección? ¿Y quién elije? Principalmente hombres blancos obreros y claro, millonarios también. Desde mi lectura psicoanalítica, Trump es un síntoma, estalla como efecto de una serie de eventos y traumas anteriores, visibles e invisibles, que se manifiestan más en el silencio que en la palabra, más en el grito impotente que en la posibilidad de cambio. Trump, síntoma de una nación que ofrece como identidad narcisística y como sinónimo de libertad, el tener. Libertad y poder de consumo pasan a ser lo mismo.

No obstante, durante las décadas anteriores, la fractura neoliberal (Badiou) o el vacío en el poder (Chomsky) se hizo más que evidente. El descenso de la capacidad de adquisición de la clase media y obrera y la irrecuperable crisis del 2008, efectuó profundas heridas. Heridas de miedo e impotencia, satanización del diferente como la causa de esta derrota y la invitación a la venganza y al odio como falsas certezas de justicia. En esta reflexión continúo la línea de Badiou, el acto de la venganza toma el nombre robado de justicia, pero la venganza abre el ciclo de las atrocidades (Badiou, 2015).

La lógica de la justicia no es la misma que la lógica de la venganza. Expliquémonos más, apoyándonos en el concepto del narcisismo identitario del blanco norteamericano. Si narcisismo identitario para estos sujetos quería decir libertad de consumo, al quebrarse esta “libertad”, no puede vivirse la identidad de sí más que desde la humillación y la derrota. Hombre blanco, humillado frente a todas las otras alteridades, las de etnia, las de sexo, las de religión, las de las discapacidades. Las últimas décadas han mostrado que el norteamericano medio sufre de la desorientación ante la desestabilización de su mundo inmediato, los bancos los expulsan de sus casas, la tecnología de sus trabajos y las mujeres dejan el vestido de la sumisión y con su palabra toman su destino en la palma de sus manos. ¡Y un negro se convierte en su presidente!

La impotencia se siembra y así el miedo puede crecer en terreno fértil. En el Porvenir de una ilusión, Freud (1927) nos habla de la impresión terrorífica de la impotencia en la infancia y los restos de esta misma en la adultez. La impotencia provoca el miedo, y con él, la posible satanización de la diferencia. El diferente es quien arranca, entonces, la posibilidad de hacer América grande, es quien arranca la potencia; es más, es la causa de esta impotencia.

¡Qué equivoco el reforzar las pulsiones identitarias declarando enemigo el que sale de esta barrera identitaria! Gritar: ¡El muro! ¡The wall!, es vociferar esta pulsión: ¡La pureza, la superioridad, adentro; el mal, afuera! El intelectual Moisés Naim le ha dado un nombre que nombra estos actos: necrofilia política. El fanatismo, el fascismo, seduce en la derrota. Recordemos Alemania antes de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial. En la humillación se aceptan las promesas falsas como certezas esperanzadoras. No importa la lógica del pensamiento, no importa la muerte de la intelligentsia (Chomsky) importa el odio, se abre la puerta al odiar sin represión.

Y siguiendo el hilo de la lógica y del lenguaje, quiero irme hacia el trato que se da a la mujer desde las palabras de Trump. La mujer, a sus ojos, es solo la vagina que puede servir a hacer su pene grande. El presidente de los Estados Unidos anuncia en público el gran tamaño de su órgano genital, considera la lactancia materna algo asqueroso; ataca a los padres que aceptan cambiar el pañal de sus hijos; aconseja que a las mujeres se les debe tratar como una mierda y se les debe atrapar por su “concha” (vagina). (Citas de Donald Trump recopiladas por Le  Nouvel Observateur, 20 enero, 2017). Las luchas jurídicas, económicas, de la diversidad sexual, de la libertad de credo y de las conquistas de los derechos de las mujeres, se encuentran en alto riesgo desde esta ideología fascista patriarcal.

¿Cómo construir un vivir juntos?, ¿cómo seguir inventándonos en nuestra posibilidad de estar hoy con los otros, desde sus singularidades, que son nuestras diferencias? No pensemos que es un problema de los del norte; es nuestro tiempo el que está poniendo en alarma la cohabitación. Los tiempos exigen una visión estratégica sobre el destino de la humanidad, y nosotros, nosotras, como población del tercer mundo, es un sans alibi (sin coartada); debemos enfrentar esta historia y resistir la perversión de la democracia ante el auge del fascismo del siglo XXI.

* Psicoanalista, profesora catedrática Universidad de Costa Rica.

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