Charlie Hebdo y laicidad: entre el humor y la muerte

Charlie Hebdo, el periódico satírico francés –antes Hara Kiri Hebdo– sufre un atentado terrorista en París, el 7 de enero del 2015.

Charlie Hebdo, el periódico satírico francés –antes Hara Kiri Hebdo–   sufre un atentado terrorista en París, el 7 de enero del 2015. En la masacre, perpetrada por dos fanáticos religiosos en nombre de Alá, mueren comunicadores y dibujantes progresistas, que nunca imaginaron que “su sentido del humor” los iba a convertir en víctimas  de  la intolerancia. Ahí, en la cuna de ese laicismo que defiende la libertad de expresión y la libertad religiosa, en esa Francia multicultural que se quiere igualitaria, fraterna y libre desde la Revolución de 1789. Unas caricaturas de humor negro, con la figura del líder musulmán, son tomadas “en serio” y asumidas como un ataque directo contra el islamismo.

Es evidente que la caricatura, el chiste y otras formas de humor no son  neutros. Responden a un momento histórico, una cultura, una ideología, una perspectiva personal y colectiva y, por supuesto, a una coyuntura específica. Por eso, señalan algunos, en un momento en que aumenta la xenofobia hacia los migrantes y se cuestiona el papel del mundo musulmán –sobre todo después del 11 de setiembre en Estados Unidos– jugar con el humor y la ironía se convierte en un acto peligroso, casi suicida. El humor –la caricatura, en este caso– evoca, significa, convoca, hermana, contradice, expresa, informa y, al hacerlo, se convierte en un instrumento, un arma que permite jugar con el poder en todas sus dimensiones.

Hiperbólica, ambigua, ambivalente, irracional, semiótica más que simbólica, la caricatura está programada para hacer reír y reflexionar… siempre y cuando no se lea de forma lineal, unívoca y despojándola de su carácter humorístico. La reacción brutal de los hermanos que atacan y asesinan al personal del semanario Charlie Hebdo es sin duda desproporcionada y con consecuencias irreversibles, pero la historia del periódico – muchas veces a causa de un humor demasiado sarcástico, virulento e irónico– está   plagada de protestas, acusaciones legales e incluso amenazas y reacciones negativas del público. En varias oportunidades, el rechazo hacia artículos y dibujos de humor que tocan personas e instituciones ponen al periódico al borde del cierre. En otras, una genialidad les permite aumentar el tiraje. La tragedia de enero eleva la venta de 60 mil ejemplares a 7 millones. Para algunos analistas críticos, ya se mencionó, el uso de la sátira y el sarcasmo aumentan la “islamofobia” y el sentimiento de exclusión. Además, consideran que jugar con la risa en esas circunstancias, contradice lo que pregona la laicidad, entendida como respeto y neutralidad religiosa en todos los campos.

Como quiebre, negación y afirmación a la vez, sentido detrás del sentido, el humor siembra dudas y desestabiliza al sujeto o tema con el que se divierte. Lo cómico, la risa, lo lúdico resultan extraordinarios por su poder catártico, su fuerza expresiva, su pluri-significación, su capacidad para abrir grietas en el statu quo e inducir a la reflexión, pero implican un desafío y un riesgo frente al receptor que los interpreta.

Charlie Hebdo y sus colaboradores se arriesgan, sucumben ante el odio religioso y enardecen al mundo.  Las consignas Yo soy Charlie, Todos somos Charlie, No en mi nombre… promueven la unidad, el sentido de identidad y pertenencia; incitan a la participación a través de manifestaciones callejeras, discursos incendiarios, polémicas   sobre la libertad individual y colectiva, el respeto a las diferencias y el concepto de laicidad, incluyendo su radicalismo y sus ambigüedades. Francia arde y sus principios laicistas se tambalean inmersos en profundas contradicciones, tan profundas como las que nos provoca –a quienes tomamos la risa en serio– ese humor ácido, sarcástico y violento.

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