Breve reflexión sobre el estado de las mujeres en el amanecer de la era de Trump

A pesar de que en el patriarcado solo se reconocen dos sexos, solo uno representa a la humanidad.

A pesar de que en el patriarcado solo se reconocen dos sexos, solo uno representa a la humanidad. Por milenios las mujeres hemos estado desaparecidas de la historia y del quehacer social, sin personería jurídica ni derechos, mientras los hombres se convertían en el sujeto universal. No fue sino gracias a una gran movilización feminista hace apenas 24 años, que las mujeres logramos ser nombradas, cuando la Conferencia Mundial de Derechos Humanos declaró que “los derechos de las mujeres son derechos humanos”, dando con ello nacimiento al sujeto “mujer” en el derecho internacional.

Pero la discriminación contra nosotras persiste en todas las naciones del mundo, irónicamente aún en aquellos donde todavía no existimos jurídicamente como seres humanos independientes del hombre. Cierto que en muchos Estados hay alguna legislación sobre la violencia contra las mujeres, pero esta sigue siendo omnipresente, estimándose que afecta a una de cada tres en todo el mundo.

Cada año, unas 80.000 mujeres mueren como resultado de la expropiación de sus cuerpos en abortos inseguros, 5 millones sufren de discapacidades debido a violencia obstétrica o por la falta de servicios de salud reproductiva y más de 200 millones han sufrido mutilaciones en sus órganos sexuales. Hay países que imponen una prohibición total al aborto encarcelando a las que abortan hasta por 30 años sin importar si este fue provocado o espontáneo. En algunos Estados se castiga severamente a las embarazadas fuera del matrimonio, aunque su estado sea producto de una violación. El embarazo de niñas es una de las causas más comunes de muerte en menores de 15 años y la práctica de los matrimonios infantiles lleva a embarazos tempranos que ponen en riesgo sus vidas, además de que expulsa a muchísimas otras del sistema educativo. Esos mismos Estados no proporcionan y hasta prohíben la educación sexual. Todo lo anterior se debe a que la misoginia, es decir, el desprecio u odio por el cuerpo femenino, no se ha erradicado ni en los países más igualitarios.

Esa misoginia está íntimamente ligada al aumento de fundamentalismos religiosos y la xenofobia creciente en todos los países gracias a partidos políticos nacionalistas y populistas que ven en las mujeres, especialmente en las “otras”, la encarnación de todo lo malo que perciben en sus comunidades. Estos movimientos ponen en peligro el respeto y protección de los derechos humanos, especialmente los de ellas. Las defensoras de los derechos de las mujeres cada vez encuentran más peligro para sus vidas y menos fondos para realizar su trabajo, a pesar de que empieza a reconocerse la importancia de su labor.

En los últimos años estamos viendo serios retrocesos en nombre de la cultura, la religión o las tradiciones y en todas las regiones del mundo se están viendo intentos para de nuevo desaparecer el sujeto “mujer”, homologándonos con la familia, sustituyendo los ministerios o institutos de la mujer que tanto costaron construir en la década de los 90, por ministerios o institutos de la familia y legislando para que la familia sea más protegida que el derecho de nosotras a vivir libres de violencia.

Otro retroceso se está dando alrededor del concepto de “género”, que aunque nunca fue entendido correctamente por los Estados, ha sido conscientemente distorsionado por grupos conservadores religiosos y hasta por algunos miembros de grupos “progre” que han caído en la trampa de creer que el género se reduce a la identidad. La teoría de género, que fue desarrollada por el feminismo para visibilizar a las mujeres y lograr que se entendiera que la discriminación contra nosotras, no era natural o ineludible, actualmente más bien se usa para de nuevo desaparecer a las mujeres en tanto mitad de la población mundial.

Y aunque las posiciones conservadoras frente al concepto de género son muy distintas al que ha asumido parte del movimiento LGBTI, la derecha misógina se ha beneficiado de su argumento de que nombrar a “la mujer” es caer en binarismos o excluir a personas trans o intersex. Así estamos viendo como en nombre de no excluirles, de nuevo “las mujeres” estamos desapareciendo de los documentos oficiales y sin “las mujeres” no podemos hablar de sus derechos.

Por ejemplo, en la agencia creada para “avanzar” la condición de las mujeres, ONUMujeres, hay quienes propugnan porque se sustituya la palabra mujeres por la de género. Consecuentes con esta postura, hay Estados y personas que siempre habían sido nuestros aliados, que proponen cambiar el nombre del grupo al que pertenezco en la ONU por “Grupo de Trabajo sobre la cuestión de la discriminación de género” en vez de Grupo de Trabajo sobre la cuestión de la “discriminación contra las mujeres”. El WGDAW nunca ha excluido a las mujeres trans debido a que para nosotras el concepto “discriminación contra la mujer” es inclusivo de todas las mujeres, incluyendo a las trans y porque sabemos muy bien que la discriminación por motivos de sexo y de género está unida de manera indivisible a otros factores que afectan a la mujer, como la raza, el origen étnico, la religión o las creencias, la salud, el estatus, la edad, la clase, la casta, la orientación sexual y la identidad de género. En el WGDAW estamos convencidas de que eliminar la palabra mujer y sustituirla por la de “género” es de nuevo invisibilizarnos, y como sabemos que el  “género” alude a los roles, actitudes y valores que se le atribuyen a cada uno de los sexos y no solamente a la identidad de género que cada persona adopta,  “mujeres” y “género” no son sustituibles. Son conceptos que aluden a realidades distintas y específicas. Además, afortunadamente, existe un mecanismo hermano del WGDAW sobre la discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género creado recientemente. Nuestros dos mandatos garantizarán que ni las mujeres de cualquier orientación sexual o identidad de género que sean, ni las personas que no se identifican ni con mujeres ni con hombres sean discriminadas. Sin embargo, la lucha será ardua, tanto para mantener la palabra “mujer”, que molesta tanto a mucha gente, como para mantener nuestros dos mandatos vigentes, ya que hay muchos Estados que se oponen a nuestra existencia.

Si bien es cierto que la reacción contra nuestros avances ya se venía dando, la llegada de Trump a la presidencia de EEUU ha evidenciado que la misoginia está más fuerte que nunca. Esto lo podemos ver en el trato denigrante de este señor hacia todas las mujeres y en especial hacia su esposa y la forma como se expresa de su hija Ivanka, como objeto sexual de su propiedad, así como en la forma tan irrespetuosa como se dirigía a su contrincante Hillary. También se evidencia en las millones de mujeres que votaron por él aun después de oírlo admitir alegremente que, como celebridad, él podía manosear los genitales femeninos (pussy-grabbing) cuando a él le diera la gana.

Pero lo que más me asusta es la misoginia que ha aflorado en casi todos los medios y análisis políticos sobre el triunfo de este señor.  Hasta analistas como Van Jones, un hombre reconocidamente progresista, justificó el voto por Trump de ciertos hombres blancos no adinerados argumentando que estos no votaron por Hilary porque responsabilizaban a su partido por el hecho de que millones de familias perdieran sus casas; de que cientos de miles de estudiantes no pudieran pagar los préstamos bancarios o de que 94 millones de estadounidenses siguieran sin empleo. No he visto un solo comentario justificando el voto de las mujeres blancas por esas mismas razones.

Al contrario, he leído varios artículos que veladamente las culpan del triunfo de Trump a pesar de que, de operar las mismas justificaciones, tendrían muchos más motivos para votar por él. Pero lo que muchos analistas no dicen es que aun teniendo más justificación que los hombres, las mujeres no lo hicieron: mientras que Trump recibió el 63% de los votos de los hombres blancos según la CNN, solo el 53% de los votos de las mujeres blancas fueron para él. Y no hay que olvidar que casi el 90% de las mujeres negras y latinas no votaron por él, siendo ellas las que más han perdido debido a las políticas neoliberales tanto de los republicanos como de los demócratas.

Pero donde más se evidencia la misoginia reloaded es en los análisis de las marchas de las mujeres. Algunos de estos análisis llegan al colmo de criticar el uso de los pussy hats como medida excluyente de los hombres y mujeres trans y muchos más cuestionan el para qué de las marchas, insistiendo en que de nada servirán si no se traducen en acciones políticas concretas. Digo que esto demuestra una gran dosis de misoginia porque no veo los mismos cuestionamientos cuando otros grupos organizan manifestaciones. Por supuesto que es importante que además de las marchas, las mujeres nos organicemos para transformar la política con el fin de que no siga en manos de las élites económicas, mayoritariamente masculinas y siempre masculinizadas. Pero negarle el sentido simbólico y emocional que estas marchas tuvieron me parece que es misoginia pura y simple. Cierto que en algunas marchas había mayoría de mujeres blancas, pero es que la mayoría de la población estadounidense lo es. En vez de aplaudir que por fin se estaban sumando a una protesta, se las critica por no haber estado en manifestaciones anteriores.

Las que tuvimos la suerte de ir a marchar con o sin nuestros gorros de gata rosados, magenta o rojos, no marchamos solo contra el sexismo de Trump, y tampoco porque estábamos con Hillary, como lo informaron los grandes medios. Marchamos contra el racismo, la xenofobia, la violencia policial, la negación del cambio climático, la corrupción y falta de ética en la política, la apropiación de los bienes comunes por parte de las transnacionales extractivistas, etc.  Marchamos con alegría como lo demostraban los cientos de carteles con mensajes llenos de humor. También marchamos para sentir que no estamos solas en nuestro sueño de que otro mundo es posible. Nos manifestamos durante horas para sentir la hermandad de las y los otros marchantes con el anhelo feminista de que podemos vivir en armonía, sabiendo que el reconocimiento de la maravillosa diversidad humana no requiere que las mujeres desaparezcamos. Al contrario, entre más empoderadas estemos las mujeres, más débil se vuelve el Patriarcado y entre más débil esté este, más posibilidades tendrá esta inmensa biodiversidad de seres que habitamos la Tierra de vivir en plenitud y enriquecimiento mutuo.

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*Alda Facio es una activista, escritora y jurista feminista. Es fundadora y Directora Académica del Women´s Human Rights Institute de la Universidad de Toronto y asesora de varias organizaciones feministas alrededor del mundo y en Costa Rica. En junio del 2014 fue electa por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU como una de cinco Relatoras Especiales sobre la cuestión de la discriminación contra la mujer en la ley y en la práctica. En los últimos años se ha dedicado a co-crear una finca ecofeminista y pedagógica. Tiene un hijo, una nieta y varias perras y perros.


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